De Brasil no traje Garotos.
No traje caipirinha.
No traje perfumes ni boludeces del freeshop.
Lo que sí me traje (adentro, donde los de aduana no lo ven) son algunos mimos de los que reconocen el esfuerzo y el trabajo, y la energía para encarar las cosas nuevas que surgen y que pueden hacerse cuando buena gente se junta y las concreta convencidas.
Pero lo mejor, fue haberme traido la verdadera distancia que
necesitaba para ver las cosas de una forma más clara y más tranquila.
Que bueno: nunca se deja de aprender.