No hace taaaantos años que voy a la marcha de los 24 de marzo, y tampoco recuerdo con fecha cierta cuándo supe de qué se trataba todo esto… digamos que aunque mucho antes ya sabía del tema y el libro Nunca Más estaba en mi casa, no fue hasta más tarde cuando caí en la cuenta de la importancia de no olvidar este día. Tiempo después, para cuando fue mi primer día en la Universidad recordamos con un minuto de silencio y luego con un largo aplauso, a los compañeros (de la misma facultad) que habían sido detenidos y desaparecidos por la dictadura que comenzaba hacía ya 20 años.
Y me di cuenta que eran pibes como nosotros lo éramos en ese momento. Tal vez hasta compartíamos la mayoría de las inquietudes. Y supe que, aunque siempre es un poco más molesto que no ir, debía intentar estar en esas marchas los 24 a la plaza. Para no olvidarme, para que otros no se olviden, y especialmente por aquellos que no están y no podrían ir aunque quisieran.
Diez años después (en el 2006), en la conmemoración de los 30 años, fuimos miles y miles y miles los que nos convocamos allí, al punto que era un mar de gente apelmasada y, aunque ese día no pude llegar a la plaza, me dí por satisfecha por sumarme a tantas personas de menos edad que aquello que se conmemoraba, pero también familias enteras cuyas generaciones se entremezclaban, en el esfuerzo de contribuir a volver a decir Nunca Más.
El martes también estuvimos en la plaza. Porque mientras más tiempo pasa, y mientras más adultos nos ponemos, y mientras más nos preparamos para contribuir en cambiar este mundo, más me doy cuenta que si aquella situación se repitiera, el recuerdo con el minuto de silencio (y quien sabe si el aplauso) sería para mí y muchos de mis amigos.
