El tiempo que pasa, el calor, las responsabilidades, las indignaciones, los esfuerzos sin retribuciones, lo cotidiano, los trámites “H”… no sé bien qué de todo eso, o todo eso. Pero hay algo que me está volviendo un poco mala.
No es esa maldad de ama de casa resignada e insatisfecha (que no es maldad, es un auto-odio por hacer algo que detesta, aunque yo también lo detesto). Tampoco es la maldad de bruja de novelas (una maldad ‘per se’, o porque tuvo una infancia sin amor, o porque envidia a la princesa). Mucho menos la maldad de alguien que declara la guerra o la hace sin declararla (que es aún más malo).
Es una maldad mínima y latente, que -por ahora- uso para mantenerme alerta, pero que cada tanto me despierta con ganas de ser egoísta, necia, desconsiderada y brutalmente honesta. Y entonces me vuelvo vil y poderosa en mi pequeñísimo y equilibrado mundo, y soy el dictador de mis propias ciudades, y voy pisando las flores que aparecen de camino a conquistar nuevas.
Después se me pasa.
Una lástima.