Abrí la alacena siguiendo su rastro y la vi.
O mejor: ella me vió.
Y se me tiró encima rebotando contra mi cuerpo a causa del salto suicida que pegó incluso antes de que ninguna de las dos pudiéramos darnos cuenta de lo que estaba pasando. Entonces siguió corriendo hasta que atravesó el pequeño espacio que quedaba bajo la puerta del garage.
Ella me vió.
Y yo, a pesar de la cercanía, no la pude retener.
Dejó junto a las servilletas el espacio calentito donde había decidido descansar esta tarde.
La sentí, la toqué, la vi irse hacia al garage.
Como si conociera mis intenciones se escurrió, y yo -todavía con la sensación de su cuerpo caliente contra mi pecho- espero poder encontrarla nuevamente.
Tenemos algo pendiente.
Que laucha de mierda.