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Yo soy de esas personas que cuando salen del subte en el que viajan 3 veces por semana igual se tiene que fijar en los carteles para ver donde está la salida. Y ni hablar de llegar al ala “norte” o a los departamentos “que dan a la calle” desde el interior de un edificio. Y en mis años mozos, cuando vacacionaba de camping en camping de ciudades posadas a los costados de las rutas del país, siempre tenía que preguntar hacia dónde tomar para seguir el periplo. Y no estoy exagernado, soy un verdadero peligro y por ello (como otros adictos) tengo un mapa siempre en mi cartera que uso cuando siento que lo necesito.

Pero esta falta de sentido de orientación (llamémosla ‘física’) nunca me impidió asignarle un rumbo a mi vida y orientarla para el lado que me pareció mejor, más justo o más apropiado, siempre tomando en cuenta a aquellos que me acompañaron en el camino.

Veces pasadas mi brújula interior me avisó que por allí no llegaría a ningún lado y tuve la oportunidad (y la valentía o inconciencia) de encontrar otro que me lleve a donde sí quiero ir. No importa que se empiece un poco de nuevo. O mucho. O que no tenga atajos (como siempre sucede). Lo importante es saber a dónde llegar para definir un punto de partida, segura de tener una brújula y no una veleta.

Tengo que hacerle caso a esa orientación, a esa que a veces me pincha y que últimamente no me está dejando dormir bien.

A la otra, ya no le doy bolilla, cansada de caminar de más para confirmar que equivoqué, otra vez, el punto cardinal.