Hace meses que leo casi únicamente asuntos de la Revolución Informacional, la Industria Cultural, la Teoría Política y la Historia del Siglo XX. Pero en el baño, el lugar de privacidad y concentración por excelencia, hace días que me atrapa el libro “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole. Este regalo de cumpleaños muy bien elegido por Deby y Beto, no hace más que hacerme reir a la vez que confunde mis sentimientos de ternura y de desagrado (casi rechazo) hacia el protagonista Ignatius Reilly, un obsesivo de más de treinta años que vive con su madre alcohólica y que sufre horrores por su “valvula pilórica” que se cierra y su desproporcionado sobrepeso.
Copio una parte que disfruten/sufran conmigo.
Saltando vigorosamente de costado, Ignatius percibió que ascendía por su garganta un eructo, pero cuando abrió esperanzado la boca, sólo emitió un leve soplido. Aún así, los saltos tuvieron ciertos efectos fisiológicos. Ignatius acarició la modesta erección que apuntaba en las sábanas, la atrapó con la mano y se quedó quieto intentando decidir qué hacer. En esta posición, con el camisón rojo de franela alrededor del pecho y el vientre inmenso hundiéndose en el colchón, pensó con cierta tristeza que, tras dieciocho años con aquella afición, ésta se había convertido en sólo un acto físico mecánico y repetitivo, desprovisto de los vuelos de la imaginación y de la fantasía que había sido capaz de conjurar en otros tiempos. En una ocasión, consiguió convertirlo casi en una forma artísitica, practicando su afición con la habilidad y el fervor de un artista y un filósifo, un erudito y un caballero. Aún había ocultos por la habitación varios accesorios que utilizara en otros tiemos: un guante de goma, un trozo de tela de un paraguas de seda, un tarro de Noxema. El guardarlos de nuevo una vez concluido todo, había empezado ya a resultar demasiado deprimente.
Ignatius manipuló y se concentró. Al final, apareció una visión: la imagen familiar de un gran perro pastor escocés al que tenía gran cariño y que había sido suyo cuando estudiaba en el liceo. “Buf!” Ignatius casi oyó a Rex ladrar de nuevo. “Buf! Buf! Aaggr!” Rex saltó una valla y cazó un palo que alguien lanzó en medio de la colcha de Ignatius. Cuando la piel blanca y tostada se aproximó más, los ojos desorbitados de Ignatius bizquearon y se cerraron y se desplomó lánguidamente entre sus cuatro almohadas, deseando que hubiera algún pañuelo de papel en la habitación.