Hace pocos días una nueva amiga a la que no me cuesta nada querer mucho me comentaba sobre la importancia de la reciprocidad.
Ella me contaba que en el pasado había hecho lo imposible para complacer, para perdonar y para acompañar. Y que muchas de esas veces la respuesta había sido todo lo contrario: la desconsideración, el resentimiento y el abandono.
No importa que tan buenas hayan sido nuestras experiencias en la vida. Siempre vivimos alguna vez esta clase de desengaño.
Los antropólogos, en un pasado no muy lejano pusimos el foco de los análisis en la idea de reciprocidad:
“En resumen, todas éstas son expresiones del principio de reciprocidad del que en tan gran medida dependen las relaciones solidarias entre los individuos y entre los grupos (…) la triple obligación profundamente impresa en el espíritu humano de dar, recibir y devolver” (Harris 1996, pág. 421 citando a Mauss, 1954, pág. 45).
Dar, recibir y devolver.
La reciprocidad funciona sólo cuando están los tres términos. Si se dan los dos primeros, es una transacción. En cambio, cuando se dan los tres, es una dinámica en la que todos ganan. Si alguien solamente quiere recibir, es porque nunca la entendió y es en ese momento en que la dinámica se rompe.
Como dice Mariana, tal vez sea el difícil momento de dejar de dar. Así se evita el conflicto con quien no quiere devolver para que podamos recibir también.
No es un mal consejo para aquellos que ya nos dimos la nariz contra la pared.