(…) Al hombre normal le “gustan” casi todas las mujeres que pasan cerca de él. Esto permite destacar más el carácter de profunda elección que posee el amor. Basta para ello con no confundir el gustar y el amar. La buena moza transeúnte produce una irritación en la periferia de la sensibiidad varonil mucho más impresionable -sea dicho en su honor- que la de la mujer. Esta irritación provoca automáticamente un primer movimiento de ir hacia ella. Tan automática, tan mecánia es esta reacción, que ni siquiera la Iglesia se atreve a considerarla como figura de pecado. (…) Y, en efecto, a esa atracción que casi toda mujer ejerce sobre el hombre no suele seguir respuesta o sigue sólo respuesta negativa.
La habría positiva cuando de ese centro personalísimo brotase un sentimiento de adscripción a lo que acaba de atraer nuestra periferia. Tal sentimiento, cuando surge, liga el centro eje de nuestra alma a aquella sensación externa. En suma, no sólo somos atraídos, sino que nos interesamos.
Este interés es el amor; que actúa sobre las innumerables atracciones sentidas eliminando la mayor parte y fijándose sólo en alguna. Produce, pues, una selección sobre el área amplísima del instinto. (…) Es, pues, el amor por su misma esencia elección.
(…) La gracia expresiva de un cierto modo de ser; no la corrección o perfección plásticas es, a mi juicio, el objeto que eficazmente provoca el amor. Y viceversa: cuando en vez un amor verdadero se encuentra el sujeto lanzando a un embalamiento falso, la sorda incompatibilidad que en el fondo siente con ciertos detalles de la otra persona es el anuncio de que no ama. En cambio, la incorreción o imperfección del semblante desde el punto de la belleza pura, si no son monstruosas, no estorban al amor.
“El amor, la última frontera del hombre.”
Ortega y Gasset. La Nación, 21 de agosto 1927