El maldito “feisbuc” me reencontró con grandes amigos,
que aún estando muy cerca viven
a intransitables kilómetros de distancia.
Ni tiempo, ni espacio, ni dinero.
Yo no los veo porque los lamento.
Viven en “otro país”, y -según dijeron-
me extrañan como si yo también lo hiciera.
Y es así: yo vivo en un país
donde me siento obscenamente feliz
pero también (cuando me acerco a la frontera)
indocumentada y desacoplada del tiempo.
Son los restos de duelos tardíos,
los que no me dejan pasar por migraciones.