Hay cosas que ocupan mi tiempo y mi cabeza que realmente no lo merecen. No lo digo porque crea que son demasiado importantes para esas cuestiones: todos somos buenos en algo y pésimos en otras cosa. Lo digo porque a veces algunas situaciones, más que una invitación a contribuir parecen una estrategia para que usemos nuestro tiempo en el lugar equivocado.
Lo único que no se recupera es el tiempo: el que le vendimos a quien nos explotó por un trabajo, el que no le dimos a las personas que quisimos, el que no le damos a nuestros propios proyectos a costa del de otros, o el que le robamos a nuestra familia para colaborar en alguna causa, aunque sea justa.
Sin dudas el tiempo se transforma en la medida de todo (”a eso se reduce la economía, a las economías de tiempo”) y sin embargo, no estamos seguros de cómo usarlo. Y aquí no estoy pensando en índices de productividad, o en tiempos de uso o de desgaste. Ni siquiera -si acaso los tuviera- estoy pensando en tiempos de trabajo que cumplir. Pienso más bien en lo notable que se me hace, a medida que más vieja me pongo, que muchas de las veces que ofrecí mi tiempo sin miramientos a cambio de nada (lo que seguiría haciendo en numerosísimos casos), careció de sentido, o simplemente evitó que alguien más hiciera su propio trabajo -a pesar de ser el responsable-.
Hace unos días, dediqué más de una hora en tratar de explicar en un correo electrónico a alguien a quien no conozco, por qué aquello que repetía con tanta pasión y convicción, y que transformaba una ensalada de cosas en una ‘realidad’ construida a medida; sólamente tenía sentido en el marco de lo que él creía, de las influencias de quienes lo rodeaban y de la ‘información’ de la que prefería nutrirse; y aún así, todas sus críticas y comentarios seguía siendo una gran ensalada de cosas cuyas relaciones estaban forzadas al extremo.
Dediqué tal vez, más bien casi dos horas en ordenar los argumentos, en explicar que seguramente lo que yo veo distorsionado de su “elaboración”, él la verá de la mía; en retomar la obvia idea de que eso no tiene que ser un problema para colaborar en causas comunes (salvo que esa historia que lo mantiene atrapado, sólo sirva par eso: para atraparlo, para no dejarlo pensar).
Los que estudiamos organizacion productiva y del trabajo, sabemos que en organizaciones voluntarias quien más tiempo tiene (y por ende dedicación), es quien más chances tiene de organizar el trabajo de los otros (el famoso ‘habría que/sería bueno que’). En lo voluntario, el tiempo es la medida de la contribución, y quién más contribuye, más poder logra. Es por ello que cuando veo gente con pocos escrúpulos y con mucho tiempo, me tomo el trabajo de pensar hasta que punto algunas situaciones que se presentan no son otra cosa que una forma de hacérnoslo perder.
Por eso, pero también porque alguna vez caí en la misma trampa que mi interlocutor desconocido, prefiero usar mi tiempo en hacer el ejercicio de re-pensar las creencias, buscar más información y superar las influencias. Creo que nunca el tiempo es mejor utilizado, que en el trabajo de lograr la independencia de pensamiento; porque sólamente así hacemos las mejores contribuciones.