Yo entro como si estuviera en casa, desenfundando cosas y tomando enchufes por asalto y -sólo con invocar la mirada correcta y antes de tener la mesa organizada- mi amigo el mozo ya me deja un Stella fría y un vaso listo.
Ni bien levanto la vista me doy cuenta de que estos tipos son increibles. Desconozco que los une, si es el lugar si es otro espacio de donde provienen, si se trata de la generación que comparten, el barrio… son todas especulaciones. No sabría decir si se conocen hace seis meses o de toda la vida. Pero cuando voy por las tardes a ese bar a escribir o leer, ya quemada de tratar de concentrarme en casa, ellos están ahí.
Algunos van mezclando el vino con agua hasta no tener ninguno de los dos. Otros pasan a ver los números de la quiniela. Hay quienes entran cantando algo sólo descifrable entre ellos. Aquellos se juntan y se cuentan historias, historias repetidas para unos, pero nuevas para los que somos improvisados testigos. Algo me dice que son muchos los que dudan de Dios o del Estado.
Hace tiempo ya que estos hombres canosos me saludan cuando nos vemos ahí. Incluso les conozco el nombre a algunos, la nacionalidad, los intereses… Y aunque sean sólo tipos grandes que socializan en un bar, también son personas que tienen cosas para contar: porque tienen trabajos interesantes, familias que criaron a lo largo de los años, vicios que compartir con otros, cuestionamientos, exilios, persecusiones…
Yo no me canso de verlos y agradezco el respeto con que saludan “Qué tal joven”. Nada de viejos verdes. Nadie que pregunte qué hago con una Vaio en un bar de Gerli. Son tipos grandes, con vida encima y con reservas. Se cuidan entre ellos, y de alguna forma que no entiendo, también siento que me cuidan a mí.
Y mientras escribo ésto, uno más entra y nos sonreimos cómplices, como si leyera estos comentarios en mi cara.