Punteos clandestinos III

* Estoy muy enamorada de un vikingo. Esto tiene de bueno que te contagia el espíritu combativo y de aventura (no me vengan con la palabra neoliberal de “emprendedorismo”), y una se siente capáz de atravesar los mares más helados para la conquista de nuevas tierras libres y repletas de todo en abundancia. Lo malo es que los vikingos muerden para demostrar amor, hacen volar perros para divertirlos, y cocinan para un regimiento cuando están contentos.

* Hoy en la verdulería (estaba antojada de mandarinas) una señora -de unos cuarenta y pocos años- me “reconoció” y me puso cara  de “mirá que loco donde nos venimos a encontrar”, cara que le devolví, por supuesto. Cuando se iba me saludó con un beso.  Lo extraño es que yo no tengo la menor idea de quién es, pero como fue amigable, me dejé besar y que ella siga en su ignorancia afectiva. Loquísimo, y no es la primera vez que me pasa.

* Recién toqué la llave de luz del baño y una de las bombillas saltó. No se rompió, no explotó. Se despegó del cuello con impulso y cayó rebotando por un montón de artefactos hasta que se posó suave sobre una alfombra.  Tal vez sea momento de creer en los espíritus porque en el baño por lo menos tengo dos: el que me tiró la bombita en la cabeza, y el que la atajó. En esta casa siempre pasan cosas raras cuando se escucha música clásica. ¿Me habrán querido tirar una idea?

* Mi tesis me hace perder los estribos y el pelo. Pero no todo es perder, estoy ganando kilos también. Todos problemas.

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