Contra el spam telefónico

La cosa es así. A mi casa llaman por teléfono unas 5 veces por día (aproximadamente) para ofrecer cosas que no ncesito. Que realmente no necesito. No las quiero.

No quiero un plan de internet (que por otro lado es de la misma empresa que ya tengo), no quiero ningún servicio asociado a telefónica (que voy a dar de baja a la brevedad), no quiero descuentos en nada, no quiero autos (no podría pagarlos). No quiero.

Y mucho menos quiero ayudarte a perseguir a un persona de nombre parecido al titular de mi línea (que no soy yo) y que parece que debe $5 en no se que megatienda. No. Mucho menos lo último porque, por otro lado, no sólo te animan a ser un buchón que ya de por sí es terrible, (“Lo conoce, es un vecino?”) sino que a ser un buchón por intereses de otros que nada tienen que ver con vos, y buscan responsabilizarte de una deuda de un desconocido y que hasta por ahí es injusta. A mi me llegaron a decir: “Ahora entonces usted tiene que darme unos datos”. ¿Eh? No reproduzco todo lo que le dije, no por obseno, sino por largo.

Ya no es divertido no atender, y no alcanza con sólo cortar. Ahora opté, ya que me ofrecen cosas que no necesito, en ofrecer cosas que necesitamos todos: Cultura (en el más amplio de los sentidos).

Cuando descuelgo y escucho que es un call center, les pongo un audiolibro, la charla TEDx de Casciari, el audio de un poeta leyendo sus versos. Tengo una solapa en el navegador dedicada a tener a mano cultura para ofrecerle a los  chabones/as alienadas en un call center, que tienen que laburar y se olvidan (no los culpo) que lo deben hacer por sus intereses y necesidades, y no por los de otros.

Una vez alguien se quedó escuchando un buen rato un pasaje de “Breve historia de casi todas las cosas” un librito de divulgación que cuenta historias sobre todo: desde la edad de la tierra hasta el ADN. Quiero pensar que se quedó en línea porque estaba interesado y disfrutando.

Porque todos necesitamos esas cosas,
así que aprovecho el tiempo que me dan y la comparto por teléfono.

 

 

Señales de río

Llegué a la estación fluvial con la certeza que ese día iba a viajar la misma cantidad de tiempo que permanecería en el paraíso. Pero hasta que no se invente la teletransportación, o me consiga un auto, no hay otra forma de llegar. Se llega tardando.

Cuarenta y cinco minutos antes de que saliera la lancha ya tenía mi pasaje en la mano. Se lo compré a Romero, un capo, o mejor dicho, un capitán. Romero está  ya retirado y ahora vende los boletos, sonriendo con una cara a la que no se le nota el paso del tiempo. Él me conoce desde siempre, nos vio crecer en la isla, formar interminables ‘bandadas’ de kayaks que iban y venían y nos perdonó cientos de boletos no pagados. Romero fue la primera señal de que en ese viaje me emocionaría fuera de proporción. Cuando lo ví y lo saludé lo supe, porque necesité decir alguna pelotudés para que no se me noten los ojos brillosos.

Y sí… -le dije con voz de pseudoindignada- Si no vengo yo, ya ni los veo. ¡No se quieren volver!
Nos reímos juntos, me cobró $28.50 y me encomendó saludar a mis viejos.

Cuarenta y cinco minutos de espera es mucho tiempo incluso cuando hay tareas que hacer. Biscochitos, unas rosquitas de hojaldre –las masas secas eran un delirio de caras– las lechugas encargadas y unas frutillas maduras que encontré en precio. Todo listo y comprado para completar el asadito con el que me esperaban.

Los últimos treinta minutos antes de que saliera la lancha de pasajeros, me entretuve mirando a la gente mientras me tomaba una Heineken de lata. Los laburantes en los muelles, los turistas brasileños, los guías de esos turistas que se esforzaban por gritarles en portugués (o algo similar) para que les dieran bola. También a las parejas, que se sacaban fotos con el río Tigre de fondo, seguros de que el olor a barro podrido, después de todo, no quedaría registrado.

En esos minutos ví la segunda señal: tres viejas octogenarias que se preparaban para subir a la Jilguero. Las tres felices, las tres naturalmente cómodas con la rampa, el agua, la vida del Tigre. Me vieron viéndolas y me sonrieron mientras le sonreía emocionada otra vez, porque supe que -si acaso en unos años pudiera- yo sería como esas viejas deseosas de celebrar la amistad en pleno paraíso terrenal (¿para qué esperar al celestial?).

Subimos puntuales a la lancha y me acomodé a pedido del capitán “bien adelante, por favor“. La lancha partió lentamente por el río Tigre, mientras yo me terminaba sorbo a sorbo la cerveza tratando de contener la emoción.

Pero no pude.

Porque cuando el puro paisaje se abrió y entramos al río Luján inmenso, despejado, y repleto de esa esencia de río marrón, no me aguanté más y lloré. Y tapada por el rugido del motor de la lancha, lloré sin hacer ruido, pero con muchísimas lágrimas.

Primero pensé que era la emoción de llegar, después me fui dando cuenta que era llanto por la boludés de no haber vuelto antes habiendo podido hacerlo mil veces. Y claro, ¡puta madre!, eso me hizo llorar aún más y moquear mis pañuelos y limpiarme los lentes. Lloré absolutamente: no se puede ocultar uno de estos llantos. Son llantos en serio, no un lagrimal desacatado por las hormonas, o una basurita molestándote en la córnea. Es toda la cara llorando.

Mientras lloraba, silenciosa pero profunda, ví a la gente a mi alrededor, y los ví viéndome. Y noté al capitán en el timón –un gordito que recuerdo laburando en la colectiva desde hace años– buscándome los ojos (llorosos, rojos, congestionados) en la imagen que le devolvían sus espejos.

La verdad es que no me importó una mierda que me vean llorar: las emociones son todas iguales de nobles, y llorar no siempre significa tristeza. Si alguien me preguntaba, le diría cualquier verdura amparada en mi novedoso anonimato, en un lugar donde alguna vez nos conocíamos todos un poco más.

Pasaron los minutos y me fui componiendo. Quería llegar bien a casa, donde me esperaban mis viejos. El viento y el sol en la cara, las salpicaduras del río, todo ayudó. Cuando me acerqué a la popa para bajar en el muelle amarillo y naranja, el capitán estaba ocupando el rol del marinero (una suerte de interfaz humana entre la lancha y los muelles, que el 99% de las veces evita que te caigas al agua).

El tipo me dijo:
-Te ví triste ahí, si es por un hombre no merece ni una lágrima tuya.

Y ese exceso, seguramente bienintencionado, de cursilería tan fuera de escala, tan lejos de lo que pensaba, tan distinto a lo que hubiera dicho yo en su lugar, me hizo sonreír y dejar un rato de lado la postura de “acá no pasó nada”.

No, no es un hombre –le dije riendo– pero gracias. En este lugar hermoso seguro se me pasa.
(¿Cómo explicarle?)

Pero el capitán insistió:

-¿Un ser querido entonces?
-Algo así…

Después, atrapada, no se que boludés dije otra vez para cambiar de tema y que la cosa no se pusiera tan personal. No había mucho que decirle al capitán, porque algunas emociones de difíciles se hacen tan fuertes (¿o viceversa?), que –como notarán– ni escribiéndolas se pueden explicar lo suficiente.

Dí por terminado el asunto preguntando sobre el horario de las lanchas de regreso y una vez más, usé a mis viejos como excusa de conversación.  Mis viejos, a quienes ya se los veía esperándome sentados, apacibles y felices, en un muelle que me recibía como si hubiera estado allí mismo el día anterior.

Con-jugando en el colectivo

Ya me lo había dicho mi media Lima. En un colectivo no es lo mismo sentarse mirando para adelante que “mirando el pasado”. A mí no me jode tanto. Después de todo, mirar al pasado es ver algo que ya sucedió, algo que no podés cambiar y que como no se acerca, sino todo lo contrario, no hay mucho que esperar de él.

Mirar el futuro, en cambio, te hace pensar algunas cosas. Por ejemplo: que dice ese cartel que todavía no llego a distinguir, donde doblará el colectivo que todavía sigue en línea recta, o dónde se bajará la vieja que se paró hace diez minutos y todavía no tocó el timbre. Irónico que sea pensar en el futuro el que haga que este texto esté plagado de todavías. Los todavía son cosas del presente.

Pasa que en los colectivos el presente es el peor de todos los tiempos. Desde el presente no se puede ver nada claramente, todo se funde en líneas de colores y si lo mirás con mucha atención terminás mareándote. En los bondis, el presente realmente apesta. Eso sí, cuando una luz roja, un nuevo pasajero o una vieja que llegó a su destino lo detiene, el presente se muestra tal cual es: un futuro pasado cuasi perfecto.

**

Le leo este posta a Lima y me dice: “el presente, en realidad, es el pasado del futuro”. Y también tiene razón… todo depende del asiento que elijas en el colectivo.

El kimono de Samuel Tesler

“Dicho lo cual el filósofo se sentó en un larguero de la cama, buscó afanosamente sus zapatillas y al ponerse de pie sufrió un cambio digno de su mudable naturaleza: el torso gigantesco de Samuel concluía en dos cortas, robustas y arqueadas piernas de enano. Al mismo tiempo el quimono chino que lo envolvía manifestaba todo su esplendor. Y ha llegado al fin la hora de que se describa tan notable prenda, con todas sus inscripciones, alegorías y figuras, porque, si Hesíodo cantó el escudo del atareado Hércules y Homero el de Aquiles que desertaba, ¿cómo no describiría yo el nunca visto ni siquiera imaginado quimono de Samuel Tesler?

Si alguien adujera que un escudo no es una ropa de dormir, le diría yo que una ropa de dormir bien puede ser un escudo, como lo era la de Samuel Tesler, paladín sin historia, que a falta de corcel jineteó una cama de dos plazas y cuya sola caballería fue un sueño tenaz con que se defendió siempre del mundo y sus rigores. El quimono era de seda color amarillo huevo, y tenía dos caras: la ventral o diurna y la dorsal o nocturna. En la cara ventral y a la derecha del espectador se veían dragones neocriollos que alzaban sus rampantes figuras y se mordían rabiosamente las colas; a la izquierda se mostraba un trigal en flor cuyas débiles cañas parecían ondular bajo el resuello de los dragones. Sentado en el trigal fumaba un campesino de bondadosa catadura: los bigotes chinescos del fumador bajaban en dos guías hasta sus pies, de modo tal que la guía derecha se atase al dedo gordo del pie izquierdo y la guía izquierda al dedo gordo del pie derecho del fumador. En la frente del campesino se leía la empresa que sigue: “El primer cuidao del hombre es defender el pellejo”.

El área pectoral exhibía a un elector en éxtasis que depositaba su voto en un cofre de palo de rosa lustrado a mano: un ángel gris le hablaba secretamente al oído, y el elector lucía en su pecho la siguiente leyenda: “Superhomo sum!”. En la región abdominal, y bordada con hebras de mil colores, una República de gorro frigio, pelo azul, tetas ubérrimas y cachetes rosados volcaba sobre una multitud delirante los dones de una gran cornucopia que traía en sus brazos.

A la altura del sexo era dado ver a las cuatro Virtudes cardinales, muertas y llevadas en sendos coches fúnebres al cementerio de la Chacarita: los siete Pecados capitales, de monóculo y fumando alegres cigarros de banquero, formaban la comitiva detrás de los coches fúnebres. En otros lugares de la cara ventral aparecían: el preámbulo de nuestra Constitución escrito en carácteres unciales del siglo VI; los doce signos del Zodíaco representados con la fauna y la flora del país; una tabla de multiplicar y otra de sustraer, que resultaban idénticas; las noventa y ocho posiciones amatorias del Kama Sutra pintadas muy a lo vivo, y un anuncio del Doctor X, especialista en los males de Venus; un programa de carreras, un libro de cocina y un elocuente prospecto del “Ventremoto”, laxante de moda.

La cara dorsal o nocturna del quimono, la que Samuel Tesler exhibía cuando se daba vuelta, lucía el siguiente dibujo: un árbol cuyas ramas, después de orientarse a los cuatro puntos cardinales, volvían a unirse por los extremos en la frondosidad de la copa. Alrededor del tronco dos serpientes se enroscaban en espiral: una serpiente descendía hasta esconder su cabeza en la raíz; ascendente la otra, ocultaba la suya en la copa del árbol, donde se veían resplandecer doce soles como frutas. Cuatro ríos brotaban de un manantial abierto al pie del árbol y se dirigían al norte, al sur, al este y al oeste: inclinado sobre el manantial, Narciso contemplaba el agua e iba transformándose en flor.”

De Adán Buenosayres,  Leopoldo Marechal
(Una descripción excepcional!)

A medio camino, 35

Hoy cumplo la mitad de años de los que creo que puede ‘durar’ en promedio una vida entera. Sé que hay mucho escrito sobre las lógicas (y las ilógicas) reacciones de las personas al sentirse a mitad de camino entre la vida y la muerte, pero no es sobre eso que quiero escribir hoy. Tampoco quiero explayarme sobre los errores que cometí en esta primera mitad (que de los que grandes, por suerte, fueron pocos), y por los que -cada tanto- sigo pagando consecuencias. Después de todo así es la vida de todo el mundo: una sucesión de situaciones y promesas más o menos desafortunadas a lo largo de los años, con hitos signados por el amor, la amistad, algunos logros que nos dan satisfacciones; pero también por la muerte, el abandono y la tristeza.

Lo que quiero decir hoy es que no podemos pensar nuestras vidas en la lógica importada de los éxitos vs. fracasos. Si algo no resulta, no hay fracaso si cuando tomamos la decisión de hacerlo lo hicimos libremente: las decisiones pueden ser malas, pero lo importante es que sean propias; y me rehuso a pensar que una mala decisión propia pueda ser considerada un fracaso. Como mínimo será un intento, y como máximo siempre redundará en experiencia. Hace diez años jamás me hubiera imaginado  siendo y haciendo lo que hoy, y -sin embargo- esto no es otra cosa que el resultado de aquello donde puse mi alma, mi tiempo y mis esfuerzos; aún sorteando duras  intromisiones producto de decisiones que no fueron mías. Y esto es así y está bien porque la vida, aunque propia, siempre es con otros.

Mi media Lima siempre me recuerda: “Somos muy afortunados”, y me enumera las profundas posibilidades que nos fuimos abriendo de camino esta primera mitad, con la valentía de intercambiar comodidades por ideales, estereotipos por libertades, y estabilidad por el riesgo de querer vivir haciendo lo que nos gusta; porque somos de las personas que creemos que las cosas pueden cambiar, pero sólo cuando se hace más que declarmarlo. Eso sí, siempre con las manos en la tierra, porque sería injusto decir ‘con los pies’ cuando en muchos aspectos nos sentimos de cabeza. Tal vez sea una lógica incomprensible a los ojos de quienes hablan de otras ‘fortunas’, pero mientras tengamos la posibilidad de seguir sosteniéndola, es la única manera en que nos imaginamos viviendo (además de juntos).

Y no sólo somos afortunados por eso. Somos afortunados porque siempre buscamos ser lo más honestos posible con quienes nos rodean, y eso repercute en las relaciones que construimos. En los días como hoy siempre se me cae en avalancha el afecto oportuno de aquellos que conozco desde siempre (“se conocen desde que estaban en la panza”), o hace décadas (en todas las instancias educativas que parecen nunca terminar y en los diferentes trabajos de donde conservo amigos y amigas inoxidables). Y ni hablar de los que me dieron amor incluso antes de mi existencia: mis viejos, los suyos, mis ejemplares hermanas mayores. Todas son personas a quienes quiero horrores y son aún cercanas a pesar de las distancias, la falta de contacto, el quilombo en el que nos va metiendo poco a poco la vida.

En los últimos años también hice nuevos y grandes amigos de esos que nos reconcilian con el mundo. Maestras generosas que compartieron sus conocimientos para que yo pudiera también tenerlos y difundirlos, a la vez que aprendieron conmigo; compañeros respetuosos de mis pensamientos, objeciones y tristezas, con el abrazo y el apoyo siempre dispuesto (aún a la distancia) y la cagada a pedos pertinente. Pero además con el humor; el incansable humor que nos hace mejores personas siempre. ¿Qué es el humor sino compartir la alegría? También me envicié de los encuentros con grandes mujeres luchadoras y comprometidas, de esas que tienen ‘alma de oír, y corazón de escuchar’ y con quienes aprendí que cada una somos todas las mujeres a la vez, y siempre podemos estar aún más loquísimas mientras sintamos que nos conocemos de toda la vida. Unirme a ellas en el aquelarre de usar la cabeza, el corazón y el cuerpo, crear y compartir-nos, es un verdadero honor y una diversión casi desproporcionada.

Y como este es un post que también tiene que pensar en la otra mitad de la vida, me quedan un par de comentarios finales. Sé que algunos más que otros entenderán el escenario de este pensamiento que comparto con la seguridad de que le será útil a todos: si alguien quiere saber quienes somos, que nos conozcan sin intermediarios porque las personas son como las vivimos, no como nos dicen que son. Y a ustedes, las personas que quiero, les propongo también este ejercicio: cuando alguien mienta sobre uno de nosotros o nuestras intenciones piensen que, si es un boludo, no nos queda otra que eventualmente perdonarlo; pero si es un hijo de puta, debemos agradecerle el haberse tomarse el trabajo de enaltecernos.

Gracias por usar su tiempo en leer este post,
¡aún sabiendo que no lo podrán recuperar nunca!

A solplar la vela, que en el 2012 se acaba el mundo.

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