Neo logismos III

Martinizar:
1. martirio de amartinarse.
2. avikingarse, ir de lo atroz a lo más atroz
3. Expresión popular del partido separatista de Gerli: “¡Dejá de Martinizarme!”

Mi vecina

En 15 minutos que tardé en barrer la minivereda de mi casa -poblada en general por hojas y flores caídas de la rosa china- recibí más informacion de mi vecina de la que me interesaba saber.

Sus verdaderas intenciones eran decirme que le molestaba mi mala costumbre de no barrer la vereda, algo que -según parece- ronda lo inmoral. Pero para decir esa verdad (“la verdad no ofende, dicen algunos”) dijo muchísimas cosas entre las que recuerdo:

– que prefiere Mar del Tuyú a las Toninas
– que cuando se va, otra vecina le riega las plantas
– que va en combi porque no puede llevar la perra en el micro
– que se pagó los exámenes de glucemia para no ir en colectivo donde se los hace su obra social de manera gratuita
– que no cobra la pensión mínima
– que una de sus nietas empieza la universidad y que sigue una carrera muy larga (“¡Son como 6 años!” dijo, y yo pensé… “¡Seis años nada más!”)
– que sigue tomando una serie de pastillas, además, para la presión
– que tuvo una infección urinaria
– que la hija le dijo que es “porque no te lavás”
– que la doctora le dijo “exceso de bidé
– que ahora ya está mejor

De ese mar de ganzadas que parecían muy importantes para ella, por lo que la escuché con diplomacia y paciencia hasta que terminé de barrer, me quedó dando vuelta en la cabeza la dialéctica no-te-lavás/exceso-de-bidé.

Hasta el fin de mi vida, cada vez que me la cruce voy a pensar:

Se habrá lavado hoy?
Se lavará en Mar del Tuyú?
La vecina que le riega las plantas, se lava también?
Fue lavada a hacerse los exámenes?
Su nieta, se lavará?

Y yo me pregunto…
¿Qué falta hacía que me cuente eso para sugerirme que barra mi vereda?

Bidé

50 años

Hace pocos días, el 15 de noviembre (creo), se cumplieron los 50 años de vida de la casa del Tigre.
Y aunque se vea tan íntegra y joven como yo me la acuerdo de pequeñísima, 50 años es muchísimo tiempo, incluso para una casa. Imaginen toda la historia que podría contarnos si hablara: tal vez nos diría cómo durante la dictadura militar buscaban en la casas de los isleños a aquellos que intentaban refugiarse en el Uruguay y toda clase de armas de fuego.

Y es por cosas como ésa que la casa del Tigre -“Magda”, en homenaje a una gran mujer que no pude conocer- es una superviviente en muchísimos sentidos.

Sobrevivió a grandes inundaciones que llegaron a superar el límite de lo posible y que hicieron volver semidesnudos en pleno abril a media familia con los bolsos en la cabeza y un viento sudeste de más de 70km por hora. O que nos mantuvieron viviendo en el primer piso sin luz y sólo provistos de un calentador y un farol a gas durante días: una gran preocupación para nuestros padres y una aventura inolvidable para nosotras que no llegábamos a darnos cuenta del verdadero desafío.

Sobrevivió a tornados que inclinaron árboles y volaron techos (de otros), cambiando el paisaje de todo lo que la rodeaba.

Sobrevivió al granizo obseno que violó hasta el cansancio la chapa de fibrocemento y que nos hizo conocer un padre rendido y angustiado ante el desastre. Fue ese mismo desastre el que nos convocó a todos durante dos días hasta que arreglamos cada uno de los agujeros.

“Magda” fue el refugio de mi familia cuando no tenía nada más que su tenacidad y su honradez.
Allí crió a sus hijas mi mamá que nunca aprendió a nadar pero que nunca tuvo miedo, porque haber vivido en las ciudades no le hicieron olvidar lo que es la vida en el campo. Desde el muelle esperaban a papá que llegaba en la última lancha pasajera con los víveres y todo el deseo de arribar al hogar luego de viajes que parecían interminables.

Desde esa casa mis hermanas mayores fueron a la escuela en una lancha isleña río arriba. Y esa misma casa acunó a Ame que pasó su primer año de vida allí rodeada de pájaros bajo el pecán que todavía se yergue incólumne. Sospecho que en esa casa me concibieron, tal vez en una siesta de verano (¿enero?) cuando todos dormían.

Yo tengo los mejores recuerdos de esa casa.
Las siestas en la infancia: el mejor momento para hacer cagadas porque nuestros viejos dormían. Creabamos casas en los árboles, modelábamos (creyéndonos artistas) un barro hediondo o capturábamos animales que bien podrían ser peligrosos para ¨niñas bien educadas¨. Y cuando ellos despertaban, era la hora de la insistencia incansable de que nos dejaran nadar en el río.

Y durante el invierno el recuerdo imborrable del hogar prendido y del fuego que aún nos hipnotiza, no importa cuantas veces nos dijeron ¨Te vas a hacer pis en la cama¨, importaba verlo y quemar lo que había a mano… poner un palito, una papa, tostar un pan, ver como explotaba un pecán… En invierno el Tigre es otro y el fuego es el rey de todo.

Las noches de verano ya en la adolescencia: con cañas, amigos, guitarras (por lo menos) y algunas cervezas para compartir del pico sentados en el muelle, pero con la luz apagada; para no ser vistos, para alejar los bichos, pero -sobre todo- para ver las estrellas. Y unas horas antes, al atardecer, las picaditas con aceitunas mientras mirábamos las lanchas pasar.

Ya en la juventud madura creo que esa casa es la vuelta a las fuentes, a la alegría de la naturaleza sin miedos. Con sus cambios, con su nuevo tráfico de lanchas, con su estacada gigante de piedras que busca vencer 50 años de río contra las costas; “Magda” sigue siendo el refugio de los cansados del año o la semana, de los que disfrutan de aprender, de trabajar, de conocer. El Tigre es la cuna del “Yo puedo”, porque es donde todas (a pesar del género y de tanto prejuicio) aprendimos a usar las herramientas, a cortar leña, a picar piedras, a pasar cables, a cavar…

Esa casa es una sobreviviente.
Sobrevivió a la crisis de los noventa cuando estuvieron a la venta todas las casas de su alrededor, sobrevivió a mi niñez y mi adolescencia y disfruta ahora mismo de la niñez de las nuevas generaciones que ya no somos nosotras, sino nuestros hijos.

Pero especialmente “Magda” es una sobreviviente de casi todos sus fundadores, los mismos que pusieron en nuestras manos los próximos 50 años de ese paraíso, hogar y refugio.

Merecido.

Y si Dios fuera una mujer?
Preguntas

«lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra» dijeron las Seis
Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina mientras movían sus
pechos con una dulzura tan parecida a Dios

¿y si Dios fuera una mujer? alguno dijo
¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno ¿y si
Dios movieras los pechos dulcemente? dijo ¿y si Dios fuera una mujer?

corrían rumores acerca de las Seis
las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste en la
boca las habían visto en una cama del Bat Hotel las habían visto fornicando
con sastres zapateros carniceros de toda Pickapoon

¿y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste en la boca?
alguno dijo ¿y si Dios fuera una mujer? ¡tetas de Dios! ¡blancos muslos de
Dios! ¡lechosos! dijo ¡leche de Dios! gritaba por los techos de toda la
ciudad

así que lo quemaron
hicieron una hoguera alta al pie de la colina del Este
y también quemaron a las Seis Enfemeras Locas de Pickapoon todas eran rubias
y cada día habían visto a la muerte trabajar

eso es todo
así acaban con los temblores mortales e inmortales en Carolina y otros
sitios de Dios ¿y si Dios fuera una mujer? ¿y si Dios fuera las Seis
Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno.

Juan Gelman, quien recibirá el premio Cervantes!

Tu Litoral.

Hace rato que, a través de tus recuerdos (pero también por vos mismo, por cómo sos), me había convencido de lo bueno de la gente de Formosa, Corrientes y Misiones: de su generosidad, alegría y excelente humor.

Pero este fin de semana que pasó pude comprobarlo!

Estos días que estuve lejos después de mucho tiempo de no viajar (a pesar de las posibilidades que se me presentaron) me sentí como en casa, y eso es en parte porque es la tuya, verdad que pudimos comprobar todos cuando a las dos horas de estar allí recuperaste tu acento perdido.

Y no me importa que no me salga la tierra roja de las zapatillas nuevas, que el calor me ganara sin darme cuenta y que me haya quemado la cara con los anteojos puestos mientras recorría en plena y sagrada siesta la costanera de Posadas.

Nos prometimos volver

porque tuvimos que admitir que no podíamos quedarnos,
a pesar de que llevábamos más cambios de ropa
que la última vez que te mudaste.

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