Bibliotecas, quesitas y jugo

Soñé que estaba en una universidad y que ponía todos los petates en una mesa larga de la bibliteca lúgubre y vacía para ponerme a trabajar en mi tesis ya avanzada. Apenas terminé de acomodar todo, entraban unas chicas y se sentaban en la misma mesa, hablaban fuerte y me ignoraban ocupadas en sus conversaciones. Les pregunté si se iban a quedar, pero no me contestaron… así que simplemente me cambié de mesa. Tuve que correr muchas sillas para ello, porque las otras mesas estaban muy pegadas, muy pesadas, muy incómodas.

Me compré unas quesitas en un kiosko que estaba dentro de la biblioteca, en un lulgar en donde los estantes en vez de libros tenían cositas para comer. Pregunté qué había para tomar: me dijeron Stella Artois, pero me cobraron un jugo que finalmente no me dieron. Lo reclamé cuando lo vi cobrado en el tiquet y entonces me lo entregaron: una suerte de Cepita de naranja de litro o algo así. Todo me salió casi $24 (me acuerdo por el cambio, pagué con $100).

Cuando ya tenía todo listo para ponerme a trabajar, las ideas creativas a mano, el lugar, la compu, los libros y apuntes, las quesitas, el jugo; me desperté con hambre y empecé a procrastinar. (Lo primero que hice fue escribir este mini sueño).

Un tigre encerrado (sueño y realidad)

Soñé que en el Tigre había un tigre encerrado en la habitación grande de arriba. Yo llegaba, abría la puerta y estaba ahí: violento y loco, enorme.  Cerré como pude y bajé desesperada porque todos sabían que había allí un tigre destruyendo los colchones y nadie hacía nada. Un tigre en Tigre no tenía sentido, no podía ser de ningún otro lado que de Temaiken. Pido a alguien con un smartphone que me diga el teléfono de ese zoologico fashion (que igualmente no deja de ser un zoológico). Cuando llamo preguntando si no se les había extraviado un tigre me dicen que sí, pero que estaba suelto y eso era más importante, que de alguna forma lo habían liberado.  Lo convenzo (porque no discutimos) que Tigre no un lugar de tigres, que más bien están en otros lados, que vengan a buscarlo. Hablamos de responsabilidades, de turnos y horas extras: esos trabajadores no querían ocuparse, pero finalmente viene uno. Había vecinos, gente que daba vueltas por allí, algunos hasta hacían una pared bajita de maderas finitas como si eso fuera a pararlo cuando logren hacerlo salir. Todos estábamos pensando como sacar al tigre de la casa. No sé cuando, el tigre se duerme. Alguien lo tapó con una de las frazadas de las camas destruidas, como se tapa a un perro con frío. Mi hermana entra y saca cosas de la habitación, como si el que durmiera fuera cualquier otro. Sólo se preocupa por no hacer ruido para despertarlo.

Teléfono.
Salto de la cama.

“Leé un mail” me dicen.

Leo el mail.

Teléfono.
“Bla bla bla, problemas, problemas.”
Un cúmulo enredado de autoenojos y violencia. ¿También locura?

Me corta.

La sensación es bien extraña. Es más impotencia que enojo. Ni siquiera todas esas palabras fueron parte de un desacuerdo. Cuando me cortó el teléfono no me quedé con ganas de putear, ni preocupada por lo que pase o lo que piensa… estoy bastante segura de que las cosas prontamente se van a reacomodar como siempre. No hice nada malo, básicamente porque no hice nada: sólo traté de advertir lo que se venía y mi comentario ni siquiera se contraponía al asunto de fondo. Cuando frente a eso mi contraparte sólo encuentra menciones personales o ataques, es porque tiene el culo sucio.

O porque es un tigre loco encerrado y no quieren que nadie lo saque de esa pieza.
Puede ser eso también.

No me queda otra que esperar que el tigre se duerma de nuevo.
Estoy un poco dolida y quizás esta vez no lo arrope.

Psicólogos, cocaína y viejas livianas

Mi casa es la misma pero es otra. O más bien, parece otra, está (incluso) más desordenada que de costumbre, tiene como otros recovecos, tiene más luz. Mi hermana está en el patio con un señor mayor, no sé si es el novio, un amigo… no sé. Me parece ver que se besan en algún momento pero, en otros, los veo separados por una mesa vertical apoyada en la pared, sentados en el piso y también de espaldas a la medianera. ¿No se estaban besando?

Mi viejo está ahí, los ve pero no dice nada. Es como si quisiera que algo pase, que estén juntos. Hace la vista gorda, pasa y me pregunta boludeces. En el baño (abajo del lavamanos) encuentro galletitas Ópera guardadas. Igualitas a las Ópera, pero más cortitas, como cuadraditos. Mi viejo explica que ahí no van, las guarda en otro lado.

No recuerdo cómo, pero sí por qué aparezco en una clínica. No es blanca, no es común. Es más bien una suerte de oficina gigantesca con libros y mesas, con toques de la película Brazil. Espero nerviosa y enojada en una mesa una futura entrevista.

Llega a mi encuentro un supuesto psicólogo que va a ayudarme, pero tiene toda la pinta de un garca. Está engominado, tiene un puro en los labios, usa lentes. Tiene un par de lacayos que le rondan. Lo veo como en una película, con la cámara acercándose y alejándose. Diciéndome cosas que parecen más querer venderme un tiempo compartido, que conversar sobre la posibilidad de que sea su paciente.

En el fondo es un tipo gracioso, parece más de marketing, de ventas. De las habitaciones que nos rodean (estamos en una suerte de hall, o pasillo ancho, oscuro y con maderas), salen personas que le acercan cosas y que me miran como evaluándome. Me dice cosas que no recuerdo, pero finalmente le pregunto cuánto cobra la consulta. Me dice rápido y muy bajo: ‘milveinte’, y ratifica ‘diezveinte’.

Me río con saña y desprecio, con violencia. Le digo: ¿Mil pesos? JAjajjajaja.  Me dice que no es de risa, que si no puedo pagar 2040 pesos para curarme. Pregunto como sabe que me pondré bien en 2 sesiones. Se le acerca un lacayo, flaco, de pelo claro tirando a rojizo, de bigotes, que se desliza hacia nosotros en una silla con ruedas. Me mira fijo y me dice (como adivinando), “son dos sesiones porque tu problema es la cocaína. El invierno pasado estabas afectada por eso.”

Le aclaro que se equivocó, todo eso me parece muy poco serio. No me conocen, no saben nada. Les confirmo que no uso esa droga, que tal vez si otras, pero nunca coca. Me altero y le grito algo, usando más violencia de la que ameritaba lo que estaba pasando. Ellos se reúnen a deliberar en una de las habitaciones. Estoy muy enojada, como nunca, me dejan sola, me quieren cobrar una barbaridad, no entienden mi problema. Me siento como el pobre tipo del Proceso de Kafka.

Hay gente medio tirada en mesas como de biblioteca, están locos o borrachos, o simplemente son entes sin vida. Agarro de las patas una vieja, me mira y se ríe, es muy liviana y parece un zombie. La revoleo hasta que le hago explotar la cabeza contra las paredes siempre sosteniéndola por los pies.

Lo más loco es que me desperté recién después de sacarme esas ganas, sabiendo que era el sueño más loco del mundo. Empiezo a escribirlo en una libretita. Las hojitas están bastante usadas, y son muy chiquitas. Igual llego a escribir unas palabras sueltas: patio, hermana, viejo, galletitas, psicólogo, 1020, cocaína. Las hojitas se me hacen cada vez más pequeñas, más inútiles.

Mi mamá entra a la habitación y me pregunta si puede sacar los $50 que le dijeron. Pasa un gato por mi pieza desordenada. Me pregunto quién estará dándole de comer al pobre bicho. Mi vieja me dice que come ‘esos granitos’ de gatos.

Y ahí sí, me despierto en serio.
En casa, sola, con los perros, sin drogas, sin psicólogo, y aliviada por descargarme con una vieja liviana.

Concheros

Soñé que inventaba, no me acuerdo bien con quién más, una suerte de conchero –o algo así– que sostenía dos huevitos de peluche “eclosionados” (esa es la palabra que recuerdo), de donde se asomaban pollitos. Si tuviera talento los dibujaría. Es más, los produciría y los sacaría a la venta por meracado libre, porque me parecieron buenísmos y hasta de buen gusto.

Me desperté con la sensación de que cuando me rompen los huevos, de cada rotura te hago nacer un pollito. No sólo es revelador, creo que fue un sueño hasta optimista. Quien te dice, y hasta me pongo a fabricar concheros.

Hospitales, padres, peruanos y drogas

Contar este sueño de manera ordenada es imposible, por eso lo voy a contar a lo loco. Eso pasa siempre cuando una, aunque quiere compartirlo, no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Quiero que conste que lo hago aún sabiendo que cuando termine de escribir el sueño (como cuando se lo verbaliza a un psicólogo) seguramente me voy a dar cuenta de cosas horribles. Yo misma, pero también todos los que lean. Como alguien dijo por ahí alguna vez, compartir un sueño es peor que estar en FaceBook, porque le estás abriendo tu inconsciente a la gente. Bueno: éste es el mío hoy, y -por lo visto- está más inconsciente que nunca.

Pero vayamos a lo importante: ayer soñé, y soñé muchísimo. Había hospitales, madres y padres, peruanos que regalaban drogas a cambio de que les compres algo de plástico. Había también uno de esos juegos donde unos hipopótamos púrpura están en el agua y tienen que comerse unas bolitas ayudados por el movimiento de burbujas de aire que se generan al presionar unos botones. Salvo que no eran hipopótamos (eran niños?), el juego medía casi dos pisos, estaba en la terraza de un un edificio y no comían bolitas. O sea: nada que ver.

Los hospitales
Bastante raros, eran un poco hospitales y otro poco aguantaderos, lugares para parar, algo así. Una de las yeguas con la que a veces nos juntamos a hablar cosas de mujeres en serio y yo trabajábamos ahí. No se bien en qué, ni por qué. De a ratos, más bien parecía un anfiteatro, o una universidad. También estaba mi hermana Euge, preocupada por hacer algunas cosas que no le correspondían y desdeñando mi comentario de “no lo hagas, porque lo tendrás que hacer siempre vos”. ¿Qué es lo que hacía? Estiraba unos cables del techo, que sostenían una suerte de mediasombra o similar. Su preocupación es que no estaban lo suficientemente tensos.

Los padres y madres
Mi vieja estaba en el hospital, pero no hospitalizada (aunque tal vez sí dolorida). Es como si hubiera ido a visitarnos a nosotros. Terminamos acostándola en una cama paralela a muchas otras donde no había personas enfermas, sino simplemente durmiendo (por eso ahora era un poco aguantadero). Nosotros, incluso mi viejo, estábamos ahí para ayudarla a estar mejor en ese lugar, donde las cosas no siempre eran como las esperábamos. Una niña semi tapada dormía, agotada, en la cama más próxima. Mi vieja se acostaba vestida, incluso con medias de nylon.

Los peruanos y sus drogas
Mi viejo, mi media Lima y yo (y creo que mi mamá también) ahora nos estamos dirigiendo a algún lado por la calle. Vemos unos puestos, algo interesante. Unos peruanos dejaron a la entrada de la feria un cartel que decía: “regalamos piedra negra” [¿será un resabio del Minecraft?]. Parece que esa piedra negra es una droga fuertísima, y aunque no queremos consumir drogas, yo entro un par de metros al predio de la feria de pura y franca curiosidad antropológica [o eso es lo que me quiero hacer creer ahora].

Me ofrecen, y ahora estamos todos. Ellos (varones y mujeres) las regalan, yo acepto un paquete (que parece más bien una de esas galletitas de arroz inflado), pero piden algo a cambio: una mujer me dice que necesitan cosas de plástico -algunas se venden en la misma feria-, pero el varón me dice que mejor algo de vidrio, y de vidrio finito. Piensa en esos mates transparentes para tereré, pero dice que no: deben ser más finitos, como comprados en un lugar de insumos para un laboratorio. Con mi media Lima le decimos que ok, que está todo bien, pero que no tenemos tiempo para ir a comprar eso, que no se vende por ahí, que no es un tema de guita (me había cerciorado de que tengamos una billetera).

Finalmente le compramos otra droga que hacían algunos allí, algo producido con maíz que pruebo antes de comprarles. Me dijeron el nombre, pero ahora solo me acuerdo de “mezcal” sabiendo que eso no era. Aunque me pareció rica, como la humita, probarla no me había hecho ningún efecto. Lo aceptan, me despierto.

[¿Será la humita una droga para despertar?]

 

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