Recuerdos cuerdos

Hace un tiempo, en un encuentro con amigas inoxidables, una de las que más se preocupa siempre por entender los sentimientos de los demás me recordaba lo que yo le había dicho en uno de los momentos de más duro abandono. Me lo dijo como quien rememora un comentario que le causó sorpresa y con cierto dejo de admiración por la ‘valentía’.

Pero lo loco es que yo no lo recordaba así. No sólo no recordaba haberlo dicho,  sino ‘pensado’, o incluso haber ‘sentido’ algo como lo que ella recordaba que había pronunciado en esos momentos. Intenté entender donde estaba el malentendido, donde estaba la pérdida del sentido original, pero ¡cómo saberlo luego de tanto tiempo!

Los recuerdos son eso. Una forma de interpretar el pasado. Lo otro son documentales, son fuentes históricas, son registros cada vez más digitalizados que no pueden archivar lo incapturable. Pero la remembranza del puro sentimiento expresado en un momento, en un contexto, en un lugar no es única.

Así es como, eventualmente, con el tiempo perdonamos a quienes nos lastimaron, y así es como nos perdonamos también a nosotros mismos cuando nos crece alguna culpa por los ‘si hubiera’ o ‘si no hubiera’ del pasado.

De alguna manera, rememorar sentimientos debe ser algo como eso: recordarlos de manera que al revivirlos podamos soportarlos.

Señales de río

Llegué a la estación fluvial con la certeza que ese día iba a viajar la misma cantidad de tiempo que permanecería en el paraíso. Pero hasta que no se invente la teletransportación, o me consiga un auto, no hay otra forma de llegar. Se llega tardando.

Cuarenta y cinco minutos antes de que saliera la lancha ya tenía mi pasaje en la mano. Se lo compré a Romero, un capo, o mejor dicho, un capitán. Romero está  ya retirado y ahora vende los boletos, sonriendo con una cara a la que no se le nota el paso del tiempo. Él me conoce desde siempre, nos vio crecer en la isla, formar interminables ‘bandadas’ de kayaks que iban y venían y nos perdonó cientos de boletos no pagados. Romero fue la primera señal de que en ese viaje me emocionaría fuera de proporción. Cuando lo ví y lo saludé lo supe, porque necesité decir alguna pelotudés para que no se me noten los ojos brillosos.

Y sí… -le dije con voz de pseudoindignada- Si no vengo yo, ya ni los veo. ¡No se quieren volver!
Nos reímos juntos, me cobró $28.50 y me encomendó saludar a mis viejos.

Cuarenta y cinco minutos de espera es mucho tiempo incluso cuando hay tareas que hacer. Biscochitos, unas rosquitas de hojaldre –las masas secas eran un delirio de caras– las lechugas encargadas y unas frutillas maduras que encontré en precio. Todo listo y comprado para completar el asadito con el que me esperaban.

Los últimos treinta minutos antes de que saliera la lancha de pasajeros, me entretuve mirando a la gente mientras me tomaba una Heineken de lata. Los laburantes en los muelles, los turistas brasileños, los guías de esos turistas que se esforzaban por gritarles en portugués (o algo similar) para que les dieran bola. También a las parejas, que se sacaban fotos con el río Tigre de fondo, seguros de que el olor a barro podrido, después de todo, no quedaría registrado.

En esos minutos ví la segunda señal: tres viejas octogenarias que se preparaban para subir a la Jilguero. Las tres felices, las tres naturalmente cómodas con la rampa, el agua, la vida del Tigre. Me vieron viéndolas y me sonrieron mientras le sonreía emocionada otra vez, porque supe que -si acaso en unos años pudiera- yo sería como esas viejas deseosas de celebrar la amistad en pleno paraíso terrenal (¿para qué esperar al celestial?).

Subimos puntuales a la lancha y me acomodé a pedido del capitán “bien adelante, por favor“. La lancha partió lentamente por el río Tigre, mientras yo me terminaba sorbo a sorbo la cerveza tratando de contener la emoción.

Pero no pude.

Porque cuando el puro paisaje se abrió y entramos al río Luján inmenso, despejado, y repleto de esa esencia de río marrón, no me aguanté más y lloré. Y tapada por el rugido del motor de la lancha, lloré sin hacer ruido, pero con muchísimas lágrimas.

Primero pensé que era la emoción de llegar, después me fui dando cuenta que era llanto por la boludés de no haber vuelto antes habiendo podido hacerlo mil veces. Y claro, ¡puta madre!, eso me hizo llorar aún más y moquear mis pañuelos y limpiarme los lentes. Lloré absolutamente: no se puede ocultar uno de estos llantos. Son llantos en serio, no un lagrimal desacatado por las hormonas, o una basurita molestándote en la córnea. Es toda la cara llorando.

Mientras lloraba, silenciosa pero profunda, ví a la gente a mi alrededor, y los ví viéndome. Y noté al capitán en el timón –un gordito que recuerdo laburando en la colectiva desde hace años– buscándome los ojos (llorosos, rojos, congestionados) en la imagen que le devolvían sus espejos.

La verdad es que no me importó una mierda que me vean llorar: las emociones son todas iguales de nobles, y llorar no siempre significa tristeza. Si alguien me preguntaba, le diría cualquier verdura amparada en mi novedoso anonimato, en un lugar donde alguna vez nos conocíamos todos un poco más.

Pasaron los minutos y me fui componiendo. Quería llegar bien a casa, donde me esperaban mis viejos. El viento y el sol en la cara, las salpicaduras del río, todo ayudó. Cuando me acerqué a la popa para bajar en el muelle amarillo y naranja, el capitán estaba ocupando el rol del marinero (una suerte de interfaz humana entre la lancha y los muelles, que el 99% de las veces evita que te caigas al agua).

El tipo me dijo:
-Te ví triste ahí, si es por un hombre no merece ni una lágrima tuya.

Y ese exceso, seguramente bienintencionado, de cursilería tan fuera de escala, tan lejos de lo que pensaba, tan distinto a lo que hubiera dicho yo en su lugar, me hizo sonreír y dejar un rato de lado la postura de “acá no pasó nada”.

No, no es un hombre –le dije riendo– pero gracias. En este lugar hermoso seguro se me pasa.
(¿Cómo explicarle?)

Pero el capitán insistió:

-¿Un ser querido entonces?
-Algo así…

Después, atrapada, no se que boludés dije otra vez para cambiar de tema y que la cosa no se pusiera tan personal. No había mucho que decirle al capitán, porque algunas emociones de difíciles se hacen tan fuertes (¿o viceversa?), que –como notarán– ni escribiéndolas se pueden explicar lo suficiente.

Dí por terminado el asunto preguntando sobre el horario de las lanchas de regreso y una vez más, usé a mis viejos como excusa de conversación.  Mis viejos, a quienes ya se los veía esperándome sentados, apacibles y felices, en un muelle que me recibía como si hubiera estado allí mismo el día anterior.

Poema de despedida

Corazón Coraza
Mario Benedetti

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

Mis primeros libros de poemas, fueron los de él.

Otro 24 más

No hace taaaantos años que voy a la marcha de los 24 de marzo, y tampoco recuerdo con fecha cierta cuándo supe de qué se trataba todo esto… digamos que aunque mucho antes ya sabía del tema y el libro Nunca Más estaba en mi casa, no fue hasta más tarde cuando caí en la cuenta de la importancia de no olvidar este día. Tiempo después, para cuando fue mi primer día en la Universidad recordamos con un minuto de silencio y luego con un largo aplauso, a los compañeros (de la misma facultad) que habían sido detenidos y desaparecidos por la dictadura que comenzaba hacía ya 20 años.

Y me di cuenta que eran pibes como nosotros lo éramos en ese momento. Tal vez hasta compartíamos la mayoría de las inquietudes. Y supe que, aunque siempre es un poco más molesto que no ir, debía intentar estar en esas marchas los 24 a la plaza. Para no olvidarme, para que otros no se olviden, y especialmente por aquellos que no están y no podrían ir aunque quisieran.

Diez años después (en el 2006), en la conmemoración de los 30 años, fuimos miles y miles y miles los que nos convocamos allí, al punto que era un mar de gente apelmasada y, aunque ese día no pude llegar a la plaza, me dí por satisfecha por sumarme a tantas personas de menos edad que aquello que se conmemoraba, pero también familias enteras cuyas generaciones se entremezclaban, en el esfuerzo de contribuir a volver a decir Nunca Más.

El martes también estuvimos en la plaza. Porque mientras más tiempo pasa, y mientras más adultos nos ponemos, y mientras más nos preparamos para contribuir en cambiar este mundo, más me doy cuenta que si aquella situación se repitiera, el recuerdo con el minuto de silencio (y quien sabe si el aplauso) sería para mí y muchos de mis amigos.

Gerli desde el cuarto

Hace ya unos cuantos años que vivo en mi casa, que está flanqueada por un paredón alto y -por suerte- abrigado con enredaderas que algunos vecinos detestan, pero yo adoro. Mis ventanas, aún las más altas, son ventanas de una casa: apenas llegan a ver su propia calle.

Y es que yo me había olvidado lo que era ver por la ventana del cuarto piso.
Pero hoy volví a descubrir ese escenario urbano y bonaerense de casas bajas y reconstruidas, conviviendo con conglomerados de edificios setentosos relativamente altos y simétricos. Desde ellos se ve todo: el puente, los patios, los gatos que se mueven sobre los techos, los tanques, los caños, los cables, los árboles crecidísimos que alguna vez ví como pequeños arbustos.

Y también se ve la vida cotidiana de las personas de clase media y sus esfuerzos en hacer lindo el lugar donde viven… una maceta pintada por aquí, una parrillita nueva por allá, una cortina colorida, un banco de plaza, la ropa colgada donde menos quede mal, unos escombros escondidos…

Con la ventana cerrada y con la altura, no puedo escuchar los ruidos.
De repente la ventana es una pintura de un artista que trata de reflejar el tercer mundo.

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