Punteos clandestinos III

* Estoy muy enamorada de un vikingo. Esto tiene de bueno que te contagia el espíritu combativo y de aventura (no me vengan con la palabra neoliberal de “emprendedorismo”), y una se siente capáz de atravesar los mares más helados para la conquista de nuevas tierras libres y repletas de todo en abundancia. Lo malo es que los vikingos muerden para demostrar amor, hacen volar perros para divertirlos, y cocinan para un regimiento cuando están contentos.

* Hoy en la verdulería (estaba antojada de mandarinas) una señora -de unos cuarenta y pocos años- me “reconoció” y me puso cara  de “mirá que loco donde nos venimos a encontrar”, cara que le devolví, por supuesto. Cuando se iba me saludó con un beso.  Lo extraño es que yo no tengo la menor idea de quién es, pero como fue amigable, me dejé besar y que ella siga en su ignorancia afectiva. Loquísimo, y no es la primera vez que me pasa.

* Recién toqué la llave de luz del baño y una de las bombillas saltó. No se rompió, no explotó. Se despegó del cuello con impulso y cayó rebotando por un montón de artefactos hasta que se posó suave sobre una alfombra.  Tal vez sea momento de creer en los espíritus porque en el baño por lo menos tengo dos: el que me tiró la bombita en la cabeza, y el que la atajó. En esta casa siempre pasan cosas raras cuando se escucha música clásica. ¿Me habrán querido tirar una idea?

* Mi tesis me hace perder los estribos y el pelo. Pero no todo es perder, estoy ganando kilos también. Todos problemas.

Punteos clandestinos II

* Tengo una amiga que rompió un mamógrafo en plena mamografía. Sí, como lo leen. Y eso no es nada, posee otras “capacidades diferentes” como la de conseguir que se le muera un Aloe Vera. Eso sí, entre las aptitudes que tiene le envidio el buen humor al que llega una vez que reconoce su imposibilidad de cambiar los escenarios más adversos. Y nada mejor que un ejemplo: aunque por motivos de salud sabe que tendrá que estar sin contacto humano y encerrada durante tres semanas en una habitación de su casa, se ríe a gritos cuando imagino con ella fiestas por videoconferencia y actividades locas a distancia, haciéndome sentir que –después de todo– puede ser una forma de acompañarla en el mal momento.

* Tuve que pedirle a mi media lima que me cambie él mismo la clave del Facebook para no tener un motivo de procrastinación tan pedorro. No es que de esta forma no pueda recuperarla, sino que así me aseguro de para hacerlo por lo menos voy a tener que sentirme una estúpida que no controla sus impulsos más tarde o más temprano. Que complicada son las cabezas. Iptables en mi propia casa.

* Acabo de tirar un café con leche entero y repetidamente recalentado sobre mi capítulo 1. Sobre la versión en papel que estaba corrigiendo, y sobre la versión digital que está dentro de mi notebook también. Si mi amiga colombiana se enterara de las veces que recaliento mi café en el microondas, se instalaría en mi casa sólo para asegurarse que siempre tomo café recién hecho, tal como se debe. Así de loca es, y así de generosa.

La audiencia (Justicia/Sentido Común)

Hacía más de dos meses que nos habían avisado de la “audiencia” a la que teníamos que ir todas. Bah, todas y todos. Mis hermanas, mis primas, mi viejo, el abogado, un tipo al que citó la defensora de pobres y ausentes sin motivo, su mujer y su abogado. Todos. Once personas en total frente a un juez para aclarar un trámite que el sentido común dice que es obvio pero que la justicia dice que “hay que ver”.

La verdad es que yo nunca había ido a una audiencia, nunca estuve en un juicio formal (porque de los otros tuve que aguantar bastantes) y ni siquiera debí llevar algún papel por estos lados como para especular sobre cómo sería el asunto. Lo que me imaginaba era una suerte de sala de reuniones oscura, del tipo que tienen las escribanías o los estudios de abogado o algo así. Especulaba con que un juez nos iba a atender, ver los papeles y, de alguna manera, identificar que todo había sido un error y que no había nada más que discutir, porque habíamos hecho todo bien. Nosotros le agradeceríamos, tal vez estrechando su mano, y el juez diría para sus adentros “menos mal que conocí a esta familia y esta historia, porque sino fuera por ello tal vez nos hubiéramos equivocado”.

Sí, es verdad. Lo último es una exageración, pero en fin… sin nada previo contra qué comparar, me pareció bien dejar volar la creatividad e imaginar que las personas sí importan.

Por supuesto nada de eso pasó. Tal vez lo que sucedió nos llevará al mismo resultado imaginado, pero con un proceso totalmente distinto. Y no digo proceso porque sí, digo proceso porque los edificios de los juzgados de Buenos Aires son dignos de los libros de Kafka. Pisos y pisos de gente que sube y que baja con papeles en sus manos, una cola enorme sólo para tomar el ascensor, gente que se asoma por puertas gritando apellidos.

Pero eso no es nada, una vez llamados a la audiencia recorrimos fácilmente 80 metros laberínticos por diferentes “oficinas” del Juzgado que tenía nuestro expediente en una interminable fila india de 12 personas (sumado ahora el secretario de la Jueza que nos guiaba) que caminaban como metiéndose a la cocina de un restaurante: ese lugar que mejor ni conocer para poder seguir comiendo allí sin miedo o sin asco.

Llegamos al destino: una oficina de 3×3, donde habían tres posiciones de trabajo incluyendo la del secretario. En cada una sólo había lugar para un monitor plano y un teclado, por lo que dos empleadas del lugar trabajaban con el monitor pegado a la cara y con auriculares para no escuchar las continuas invasiones de todo el mundo hablando alrededor. Y lo más impresionante: los expedientes, desde el piso hasta el techo forrando todas las paredes, decorando todos los pasillos, atados con hilos azules o blancos, y con trozos de cartón que identificaban los apellidos de los casos pendientes. Pilas y pilas de paquetes atados, como en espera de que se arme la fiesta del día del cartonero.

Sabía del problema edilicio del poder judicial, de la falta de digitalización de mucha de la información que circula, de la cantidad de casos que se concentraban en pocos juzgados, pero nunca había visto nada así. Los 11 convocados a la audiencia invadimos literalmente ese espacio con nuestros cuerpos, nuestro aliento, nuestro vapor de calor de camperas (porque no había lugar para moverse y sacársela). Rodeamos por completo todas las posiciones de trabajo y –me apena confesarlo– hasta tiré unos cuantos expedientes con el culo que apoyé sin querer en la pared… ¿Cómo no pensar que los expedientes pueden “perderse”? ¿Y por qué no perderlos “a pedido”?

Cuando el secretario se puso a hablar con nuestro abogado supimos que esa “oficina/archivero” también era nuestra “sala de reunión”, así que simplemente tratamos de molestar lo menos posible. La charla transcurrió en un ir y venir de pruebas que daban cuenta de la distancia infinita que a veces se presenta entre el sentido común y la justicia. Nuestro abogado contestaba las preguntas del secretario que buscaba simplificar al máximo el caso para no molestar con preguntas a la jueza, y el abogado de la otra persona (que también estaba de nuestro lado) indicó también las nuevas pruebas que había sugerido aportar.

Y ahí una de las perlas de esa mañana y que demuestra que la práctica de la abogacía es casi una fórmula de aplicación de estrategias vacías: el secretario advierte que el abogado del tercero había ofrecido la confesional de un tipo… un tipo que ahora tendría 130 años. Sí, ese profesional de las leyes no sabía de quien se estaban hablando, no leyó el caso, no se fijó las fechas, y entonces otra vez el procedimiento le ganó al sentido común.

Una vez repasado el caso e identificado que no habían más pruebas para aportar, el secretario fue a buscar a la jueza que ingresó como pudo pero sin asombro a la oficina/archivero/saladereuniones, puso su criterio en lo único que quedaba pendiente, dijo buenos días y a otra cosa mariposa. Todos firmamos un papel que no leímos (para eso estaba nuestro abogado) y salimos raudamente para tomarnos un cafecito enfrente, pero especialmente para alejarnos de esas oficinas multiuso.

De lo que me imaginaba en un principio, no quedaba nada. Casi no hubieron jueces, mucho menos apretones de manos. Faltaron los espacios con asientos de madera, o mesas redondas y por supuesto nadie le prestó interés al caso. Pero también fue preocupante la falta de lugar físico, de  sillas, de modales, y si no fuera porque creo que va a salir todo bien, tampoco me jugaría a decir que hay justicia por ahí.

Señales de río

Llegué a la estación fluvial con la certeza que ese día iba a viajar la misma cantidad de tiempo que permanecería en el paraíso. Pero hasta que no se invente la teletransportación, o me consiga un auto, no hay otra forma de llegar. Se llega tardando.

Cuarenta y cinco minutos antes de que saliera la lancha ya tenía mi pasaje en la mano. Se lo compré a Romero, un capo, o mejor dicho, un capitán. Romero está  ya retirado y ahora vende los boletos, sonriendo con una cara a la que no se le nota el paso del tiempo. Él me conoce desde siempre, nos vio crecer en la isla, formar interminables ‘bandadas’ de kayaks que iban y venían y nos perdonó cientos de boletos no pagados. Romero fue la primera señal de que en ese viaje me emocionaría fuera de proporción. Cuando lo ví y lo saludé lo supe, porque necesité decir alguna pelotudés para que no se me noten los ojos brillosos.

Y sí… -le dije con voz de pseudoindignada- Si no vengo yo, ya ni los veo. ¡No se quieren volver!
Nos reímos juntos, me cobró $28.50 y me encomendó saludar a mis viejos.

Cuarenta y cinco minutos de espera es mucho tiempo incluso cuando hay tareas que hacer. Biscochitos, unas rosquitas de hojaldre –las masas secas eran un delirio de caras– las lechugas encargadas y unas frutillas maduras que encontré en precio. Todo listo y comprado para completar el asadito con el que me esperaban.

Los últimos treinta minutos antes de que saliera la lancha de pasajeros, me entretuve mirando a la gente mientras me tomaba una Heineken de lata. Los laburantes en los muelles, los turistas brasileños, los guías de esos turistas que se esforzaban por gritarles en portugués (o algo similar) para que les dieran bola. También a las parejas, que se sacaban fotos con el río Tigre de fondo, seguros de que el olor a barro podrido, después de todo, no quedaría registrado.

En esos minutos ví la segunda señal: tres viejas octogenarias que se preparaban para subir a la Jilguero. Las tres felices, las tres naturalmente cómodas con la rampa, el agua, la vida del Tigre. Me vieron viéndolas y me sonrieron mientras le sonreía emocionada otra vez, porque supe que -si acaso en unos años pudiera- yo sería como esas viejas deseosas de celebrar la amistad en pleno paraíso terrenal (¿para qué esperar al celestial?).

Subimos puntuales a la lancha y me acomodé a pedido del capitán “bien adelante, por favor“. La lancha partió lentamente por el río Tigre, mientras yo me terminaba sorbo a sorbo la cerveza tratando de contener la emoción.

Pero no pude.

Porque cuando el puro paisaje se abrió y entramos al río Luján inmenso, despejado, y repleto de esa esencia de río marrón, no me aguanté más y lloré. Y tapada por el rugido del motor de la lancha, lloré sin hacer ruido, pero con muchísimas lágrimas.

Primero pensé que era la emoción de llegar, después me fui dando cuenta que era llanto por la boludés de no haber vuelto antes habiendo podido hacerlo mil veces. Y claro, ¡puta madre!, eso me hizo llorar aún más y moquear mis pañuelos y limpiarme los lentes. Lloré absolutamente: no se puede ocultar uno de estos llantos. Son llantos en serio, no un lagrimal desacatado por las hormonas, o una basurita molestándote en la córnea. Es toda la cara llorando.

Mientras lloraba, silenciosa pero profunda, ví a la gente a mi alrededor, y los ví viéndome. Y noté al capitán en el timón –un gordito que recuerdo laburando en la colectiva desde hace años– buscándome los ojos (llorosos, rojos, congestionados) en la imagen que le devolvían sus espejos.

La verdad es que no me importó una mierda que me vean llorar: las emociones son todas iguales de nobles, y llorar no siempre significa tristeza. Si alguien me preguntaba, le diría cualquier verdura amparada en mi novedoso anonimato, en un lugar donde alguna vez nos conocíamos todos un poco más.

Pasaron los minutos y me fui componiendo. Quería llegar bien a casa, donde me esperaban mis viejos. El viento y el sol en la cara, las salpicaduras del río, todo ayudó. Cuando me acerqué a la popa para bajar en el muelle amarillo y naranja, el capitán estaba ocupando el rol del marinero (una suerte de interfaz humana entre la lancha y los muelles, que el 99% de las veces evita que te caigas al agua).

El tipo me dijo:
-Te ví triste ahí, si es por un hombre no merece ni una lágrima tuya.

Y ese exceso, seguramente bienintencionado, de cursilería tan fuera de escala, tan lejos de lo que pensaba, tan distinto a lo que hubiera dicho yo en su lugar, me hizo sonreír y dejar un rato de lado la postura de “acá no pasó nada”.

No, no es un hombre –le dije riendo– pero gracias. En este lugar hermoso seguro se me pasa.
(¿Cómo explicarle?)

Pero el capitán insistió:

-¿Un ser querido entonces?
-Algo así…

Después, atrapada, no se que boludés dije otra vez para cambiar de tema y que la cosa no se pusiera tan personal. No había mucho que decirle al capitán, porque algunas emociones de difíciles se hacen tan fuertes (¿o viceversa?), que –como notarán– ni escribiéndolas se pueden explicar lo suficiente.

Dí por terminado el asunto preguntando sobre el horario de las lanchas de regreso y una vez más, usé a mis viejos como excusa de conversación.  Mis viejos, a quienes ya se los veía esperándome sentados, apacibles y felices, en un muelle que me recibía como si hubiera estado allí mismo el día anterior.

Carta a mi hermana mayor por sus 40

Si no fuera porque hace como 5 años venís diciendo que tenés 40,  tu cumpleaños esta vez me agarraría con las defensas bajas para reflexionar sobre el paso del tiempo y todo lo que eso significa para una mujer. Pero ya hace varias temporadas, tal vez por esa idea de ir acostumbrándose a lo que uno no quiere o -inversamente- disfrutar el destino intransferible desde antes de que suceda; insistís en decir que sos una señora de 40.

Y yo tengo que decirte: señora las tarlipes.

Las señoras son otra cosa. Las señoras se sientan cansadas de limpiar a esperar que sus maridos lleguen pidiendo que le alcancen las pantuflas. Su preocupación se cotidianiza tanto pero tanto, que cuando se dan cuenta, ya tiene los hijos en la universidad y ellas están más señora que nunca. A las señoras no se les ocurre estudiar después de los 35 (¿para qué?), no tienen nada que contar cuando se encuentran con sus amigas y, por supuesto, no tienen amigos varones que no sean los de su propio esposo. Las señoras de las que hablo, no laburan afuera de sus casas. Y si lo hacen, simplemente se conforman con lo que les toca y nunca se quejan (nunca en el trabajo).

O la otra versión que es aún peor: son mujeres con plata, o por lo menos de cierta clase social que hace que un cartonero de 50 años que quiere pasar les digan “permiso señora” aunque ni tuvieran 25  (demostrando que la edad no tiene nada que ver con la distancia y asimilando dolorosamente señor con amo); y es el mismo principio por el que las “señoras chetas” de Palermo nos llamarían “una chica” subestimando la mujer hecha y erguida (porque no diremos derecha) que somos.

Es cierto que en la época de nuestros viejos, decir que se era una señora tenía más que ver con un respeto ganado que con otra cosa. “Soy una señora” se decía, “respetable”, y así y todo, esa mención estaba cargada de mucha hipocresía y bastante de lo que yo creo que ninguna mujer debería ser (por lo menos, obviamente, no a propósito) reproduciendo y reproduciendo lo que en muchas familias es un mandato paternalista al pedo (aunque no en la nuestra).

Por eso es que nuestro umbral de realización no puede ser -como sé que no es en tu caso- el de ser una señora… así que: ¿para qué decirlo? La edad no nos hace más o menos señora. Nuestras inquietudes nos mantienen jóvenes y encantadoras. Curiosidad intelectual que vamos afinando, y -a la vez- viejas inquietudes verdaderas nacidas en nuestra propia infancia (a la edad de tus hijos) cuando aprendimos a usar herramientas, a nadar y remar, a no tener miedo a los bichos, a construir casas en los árboles y a lastimarnos por brutas; sin dejar de tener latente la femineidad que (modestia aparte, y el piropo va para las 4) todavía nos hace hermosas.

Y esto amerita una aclaración de índole sociobiológica: nosotras no tenemos la culpa de que tengamos nuestra etapa más importante de la vida productiva (cuando más laburamos, más pensamos, más aprendemos, y cuando más podemos hacer para una misma y para los demás) a la misma puta vez que tenemos nuestra mejor perfomance reproductiva. Y no tiene solución: es así. Podemos luchar por un montón de cosas que hacen a nuestra situación y nuestros derechos como mujeres, pero seguirá siendo cierto y un quilombo irresoluble: sólo puede elegirse como pasarlo, pero nunca resolverse.

Es por eso que más allá de la edad y siempre que queramos hacerlo, estamos a tiempo de tener una banda, de armar nuevos proyectos, de seguir el posgrado, de cambiar de trabajo, de aprender a hacer asado, de mudarnos, de estudiar sánscrito, de escalar montañas. Porque es cuando se nos mueren las sensaciones, las ideas, la curiosidad o las inquietudes cuando nos aseñoramos al pedo, nos comienza a preocupar lo superficial y el chisme (Tinelli incluido), y nos achicharramos por adentro.

Entonces, nada de decir que somos señoras. Diremos que somos mujeres, y, a lo sumo y entre los que nos conocen, diremos “buenas minas” (que no es lo mismo que minas que están buenas). Pero no cualquier mina: una mina de oro, donde todos pueden perderse en los recovecos de su interior pero a sabiendas de que, más tarde o más temprano, siempre van a encontrar un tesoro.

:)
Verónica.

4 de febrero de 2011

PD: Sí, lo reconozco. Puse ‘mayor’ en el título, para que se sepa que tengo algunos años menos :P

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