Punteos clandestinos

* Mi mamá hoy me llamó por teléfono… por error. Me di cuenta por el tono de su voz, confundida, pensando que decir; pero especialmente porque siendo que soy la única mujer de esta casa preguntó: “¿Quién habla?” Prefiero pensar que se equivocó de discado rápido  (se ve que quería llamar a una de mis hermanas), a pensar que se olvidó que yo vivo aqui. Y no… no estoy peleada con mi mamá, la quiero muchísimo. Sólo que ella no estila llamarte para ver como estás. Parece que sólo llama cuando estás mal, pero pienso: si no te llama cada tanto para saberlo, tal vez nunca se entere. ¿No? Un dilema que parece irresoluble si no fuera porque la llamo yo cada tanto y porque no quiero ser una de esas hijas que se acuerdan de su mamá sólo cuando la necesitan.

* Creo que voy a escribir algo sobre dentistas. Estoy teniendo mucha experiencia en reconocer gestos y dobles sentidos a través de los barbijos mientras yo me quedo boquiabierta, sin lentes y aburrida. Enjuagate, abrí, cerrá, mordé, escupí.

* Hace un tiempo empecé a darme cuenta que cuando hablo, pero especialmente cuando canto, pongo la boca para un costado. Tal vez tuve un ACV y nunca me di cuenta. Eso explicaría muchas cosas.

* Estoy tomando mucho café. Mucho mucho.  Lo sé porque me gasté un edulcorante entero muy rápidamente, lo que significa que además debo estar envenenada o algo así.

* Mientras más tengo que escribir mi tesis, más ganas de escribir en mi blog me dan. En parte porque tengo a todos los amigos entrenados para llamarme la atención cuando pierdo tiempo en las redes sociales y en hilos locos de mails locos (a propósito, inventé una palabra nueva: mail-interpretar, que significa interpretar mal un mail… algo muy usual). Mis amigos y mis yeguas son excelentes niñeras de tesistas, pero se olvidaron de este sitio ;)

Mala sangre

Ayer aprendí que el en el Hospital de Clínicas uno llega a su destino por pura casualidad o por la insistencia en preguntar en cada recodo de los pasillos, o en cada puerta de ascensor. Allí es posible identificar muchísima gente, que lo conoce tanto pero tanto, que es capaz de guiar a una novata como yo  de un punto a cualquier otro de la mole pública sin siquiera permitirse dudar sobre el recorrido.

También aprendí que mi grupo sanguíneo no es el que yo pensaba que tenía de toda la vida, y que -a pesar de haber completado un riguroso formulario lleno de preguntas personales sobre lo que hice el último año y advertencias sobre por qué esas preguntas no eran discriminatorias- como estoy al límite de 36 no sé que cosa que empieza con “hemo”, sacarme sangre no iba a ser posible esa vez. Por suerte, parece que la gente amiga que la necesitaba encontró reemplazo para mí, pero… qué mala sangre! :(

Exilio involuntario

El maldito “feisbuc” me reencontró con grandes amigos,
que aún estando muy cerca viven
a intransitables kilómetros de distancia.

Ni tiempo, ni espacio, ni dinero.
Yo no los veo porque los lamento.
Viven en “otro país”, y -según dijeron-
me extrañan como si yo también lo hiciera.

Y es así: yo vivo en un país
donde me siento obscenamente feliz
pero también (cuando me acerco a la frontera)
indocumentada y desacoplada del tiempo.

Son los restos de duelos tardíos,
los que no me dejan pasar por migraciones.

Corrientes de emociones

Yo siempre viví en el mismo barrio,
en distintas casas pero en el mismo barrio
del sur del Gran Buenos Aires.

Pero no se ni cómo ni por qué (¿”tu” norte tal vez?)
cada vez que vamos al norte, me pega. Pero no un poco:
me caga a trompadas, me desangra, me hace doler.

Porque cuando me voy me angustio de la misma forma que
lo haría, supongo, si debiera dejar el país amado
por la necesidad del exilio involuntario.

No puedo decir que es el paisaje, las dos veces que fui
no pude conocerlo; ni el clima, hace demasiado calor;
así que con seguridad es la gente.

La que te da dos besos porque con uno no alcanza,
y la que te abraza con fuerza cuando te vas,
o te dice que te quiere.

La que te da su tiempo, su casa, su trabajo
a cambio de nada. Y aún así lo disfruta.

Porque no pelea por un reconocimiento general y frío,
sino que consigue el agradecimiento íntimo y cálido;
ese que se nota en los abrazos.

Para leer con atención.

Hace unos días le hicieron una entrevista (humana y bella) a mi amiga Lena, en un interesante blog dedicado a las entrevistas, llamado Arroz y Frijoles (comida que me trae muy buenos recuerdos).


Los invito a leerla y disfrutarla como yo lo hice
.

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