Recalculando

Y unos días después de pasados 10 años del primer post en este blog, me salgo de las redes sociales para volver a la red abierta y pensar nuevos caminos que me devuelvan por estos lados.

 

Pensar, decir, hacer

Estás perdiendo el tiempo, pennnnsando, pennnsando. Así dice la canción.

Pero si no lo pensamos no lo podemos decir como queremos, si no lo podemos decir como queremos, no podemos escribirlo para que nos entiendan.

Y una vez que nos entendemos, no queda otra cosa que hacerlo.
Y a la mierda.

¿Parece facilísimo, no?

Sintaxia (o la mina que no se ponía los puntos)

El otro día fue la primera vez que me pasó tan nítidamente. Eran pasadas las ocho de la mañana y como todos los días el Ruso pasó a buscar a mi media Lima para ir al trabajo. Casi siempre pasa alrededor de las ocho y veinte y hace sonar dos veces su bocina innegable: tú tú.

Pero ese día fue distinto, y fue la primera vez: vi perfectamente como el Ruso tocaba la bocina entre paréntesis. No hay forma de explicarlo mejor, yo escuché con los ojos los paréntesis que contenían ese sonido de bocina. Lo vi así: (tú tú).

Primero se lo atribuí a ese estado entre despierta y dormida, y al sonido estridente llevándome de uno hacia el otro lado sin pedirme permiso. Pero no. Luego descubrí que no se trataba de eso, porque desde aquél día me volvió a suceder varias veces en diferentes contextos y con distintas personas.

Por ejemplo, pude ver como el colectivero discutía en mayúsculas con el guarda de la estación Constitución, cansado de que le echaran culpas de retrasos cuando el tráfico era un infierno aún en verano. Y no es que gritaba, vi claramente como lo decía en mayúsculas, y en mayúsculas bien acentuadas.

En otra oportunidad, sentí como mis perros ladraban de color azul. Sé que es complejo de entender, pero ví el azul en los Guau Guau de siempre y vi también como iban perdiendo intensidad al alejarse como una paleta de pintor que recorre los tonos intermedios hasta el blanco del silencio total.

Y estas son sólo las que me animo a poner en palabras, porque tampoco es muy fácil empalabrar todo este delirio.

Es por eso que resolví ir a ver a un profesional, pero no podía decidirme entre una psicóloga o una profesora de lengua y literatura, así que fui en búsqueda de las dos.

La primera me preguntó mil cosas sobre todo: mi familia, mi media Lima, mis sentimientos, mis trabajos, mis culpas, mis sueños, mis fracasos y mis éxitos. Luego de un tiempo llegó a la conclusión que como no podía escribir lo que debía escribir, se me estaban escribiendo los sonidos y por eso me entraban por los ojos. Estuve semanas hasta que pude reconocerle que era una posibilidad, y finalmente me convencí de que era así porque cuando le dije en voz alta, “Ok, puede ser” vi perfectamente cómo lo decía en itálica.

Como en todas las patologías, especialmente las que uno no quiere tener, una vez dado el paso del reconocimiento todo fue más fácil. Tan es así que la psicóloga y yo inventamos juntas una interesante enfermedad que bautizamos Sintaxia, y hasta listamos creativos síntomas que también se cagaban en la lógica de los sentidos: pérdida de visión a largo plazo, acidez conceptual, subrayado irritable y afasia multisensorial negrita, eran mis preferidos.

Por su parte, la profesora –una mujer vieja, encorvada y casi ciega– me sugirió como tratamiento que escribiera algo que realmente quisiera, para borrar el hechizo, calmar los fantasmas de la sintaxis y que cada signo fuera encontrando su lugar poco a poco, y –de paso– fueran destapando las cañerías con sarro y cemento que dormían allí desde la última construcción. Me lo dijo como haciendo un conjuro, como expresando un mandato.

Es por eso que, en vez de mi tesis, escribo estos párrafos; como una suerte de mini-cuento desencantador y purificante, al que le hice prometerme fluidez para las sensaciones, sentidos, palabras y signos de puntuación futuros.

El kimono de Samuel Tesler

“Dicho lo cual el filósofo se sentó en un larguero de la cama, buscó afanosamente sus zapatillas y al ponerse de pie sufrió un cambio digno de su mudable naturaleza: el torso gigantesco de Samuel concluía en dos cortas, robustas y arqueadas piernas de enano. Al mismo tiempo el quimono chino que lo envolvía manifestaba todo su esplendor. Y ha llegado al fin la hora de que se describa tan notable prenda, con todas sus inscripciones, alegorías y figuras, porque, si Hesíodo cantó el escudo del atareado Hércules y Homero el de Aquiles que desertaba, ¿cómo no describiría yo el nunca visto ni siquiera imaginado quimono de Samuel Tesler?

Si alguien adujera que un escudo no es una ropa de dormir, le diría yo que una ropa de dormir bien puede ser un escudo, como lo era la de Samuel Tesler, paladín sin historia, que a falta de corcel jineteó una cama de dos plazas y cuya sola caballería fue un sueño tenaz con que se defendió siempre del mundo y sus rigores. El quimono era de seda color amarillo huevo, y tenía dos caras: la ventral o diurna y la dorsal o nocturna. En la cara ventral y a la derecha del espectador se veían dragones neocriollos que alzaban sus rampantes figuras y se mordían rabiosamente las colas; a la izquierda se mostraba un trigal en flor cuyas débiles cañas parecían ondular bajo el resuello de los dragones. Sentado en el trigal fumaba un campesino de bondadosa catadura: los bigotes chinescos del fumador bajaban en dos guías hasta sus pies, de modo tal que la guía derecha se atase al dedo gordo del pie izquierdo y la guía izquierda al dedo gordo del pie derecho del fumador. En la frente del campesino se leía la empresa que sigue: “El primer cuidao del hombre es defender el pellejo”.

El área pectoral exhibía a un elector en éxtasis que depositaba su voto en un cofre de palo de rosa lustrado a mano: un ángel gris le hablaba secretamente al oído, y el elector lucía en su pecho la siguiente leyenda: “Superhomo sum!”. En la región abdominal, y bordada con hebras de mil colores, una República de gorro frigio, pelo azul, tetas ubérrimas y cachetes rosados volcaba sobre una multitud delirante los dones de una gran cornucopia que traía en sus brazos.

A la altura del sexo era dado ver a las cuatro Virtudes cardinales, muertas y llevadas en sendos coches fúnebres al cementerio de la Chacarita: los siete Pecados capitales, de monóculo y fumando alegres cigarros de banquero, formaban la comitiva detrás de los coches fúnebres. En otros lugares de la cara ventral aparecían: el preámbulo de nuestra Constitución escrito en carácteres unciales del siglo VI; los doce signos del Zodíaco representados con la fauna y la flora del país; una tabla de multiplicar y otra de sustraer, que resultaban idénticas; las noventa y ocho posiciones amatorias del Kama Sutra pintadas muy a lo vivo, y un anuncio del Doctor X, especialista en los males de Venus; un programa de carreras, un libro de cocina y un elocuente prospecto del “Ventremoto”, laxante de moda.

La cara dorsal o nocturna del quimono, la que Samuel Tesler exhibía cuando se daba vuelta, lucía el siguiente dibujo: un árbol cuyas ramas, después de orientarse a los cuatro puntos cardinales, volvían a unirse por los extremos en la frondosidad de la copa. Alrededor del tronco dos serpientes se enroscaban en espiral: una serpiente descendía hasta esconder su cabeza en la raíz; ascendente la otra, ocultaba la suya en la copa del árbol, donde se veían resplandecer doce soles como frutas. Cuatro ríos brotaban de un manantial abierto al pie del árbol y se dirigían al norte, al sur, al este y al oeste: inclinado sobre el manantial, Narciso contemplaba el agua e iba transformándose en flor.”

De Adán Buenosayres,  Leopoldo Marechal
(Una descripción excepcional!)

35 años

Hace exactamente 35 años comenzó en la Argentina la última dictadura militar que duraría hasta el año 1983. El mismo día de hace 15 años comencé la carrera en la Facultad, y la sede de Filosofía y Letras nos recibió con un minuto de silencio y un aplauso cerrado dedicado a los ausentes. Ahora pienso que el aplauso duró bastante más que un minuto pero muchísimo menos de lo que hubiera sido justo.

¡Nunca más!
Nos vemos en la Plaza.

Next Page →

© Copyleft 2005-2011 | www.verox.com.ar | Hecho con Wordpress |
Contenido original de este blog bajo licencia

Creative Commons License