La audiencia (Justicia/Sentido Común)
Hacía más de dos meses que nos habían avisado de la “audiencia” a la que teníamos que ir todas. Bah, todas y todos. Mis hermanas, mis primas, mi viejo, el abogado, un tipo al que citó la defensora de pobres y ausentes sin motivo, su mujer y su abogado. Todos. Once personas en total frente a un juez para aclarar un trámite que el sentido común dice que es obvio pero que la justicia dice que “hay que ver”.
La verdad es que yo nunca había ido a una audiencia, nunca estuve en un juicio formal (porque de los otros tuve que aguantar bastantes) y ni siquiera debí llevar algún papel por estos lados como para especular sobre cómo sería el asunto. Lo que me imaginaba era una suerte de sala de reuniones oscura, del tipo que tienen las escribanías o los estudios de abogado o algo así. Especulaba con que un juez nos iba a atender, ver los papeles y, de alguna manera, identificar que todo había sido un error y que no había nada más que discutir, porque habíamos hecho todo bien. Nosotros le agradeceríamos, tal vez estrechando su mano, y el juez diría para sus adentros “menos mal que conocí a esta familia y esta historia, porque sino fuera por ello tal vez nos hubiéramos equivocado”.
Sí, es verdad. Lo último es una exageración, pero en fin… sin nada previo contra qué comparar, me pareció bien dejar volar la creatividad e imaginar que las personas sí importan.
Por supuesto nada de eso pasó. Tal vez lo que sucedió nos llevará al mismo resultado imaginado, pero con un proceso totalmente distinto. Y no digo proceso porque sí, digo proceso porque los edificios de los juzgados de Buenos Aires son dignos de los libros de Kafka. Pisos y pisos de gente que sube y que baja con papeles en sus manos, una cola enorme sólo para tomar el ascensor, gente que se asoma por puertas gritando apellidos.
Pero eso no es nada, una vez llamados a la audiencia recorrimos fácilmente 80 metros laberínticos por diferentes “oficinas” del Juzgado que tenía nuestro expediente en una interminable fila india de 12 personas (sumado ahora el secretario de la Jueza que nos guiaba) que caminaban como metiéndose a la cocina de un restaurante: ese lugar que mejor ni conocer para poder seguir comiendo allí sin miedo o sin asco.
Llegamos al destino: una oficina de 3×3, donde habían tres posiciones de trabajo incluyendo la del secretario. En cada una sólo había lugar para un monitor plano y un teclado, por lo que dos empleadas del lugar trabajaban con el monitor pegado a la cara y con auriculares para no escuchar las continuas invasiones de todo el mundo hablando alrededor. Y lo más impresionante: los expedientes, desde el piso hasta el techo forrando todas las paredes, decorando todos los pasillos, atados con hilos azules o blancos, y con trozos de cartón que identificaban los apellidos de los casos pendientes. Pilas y pilas de paquetes atados, como en espera de que se arme la fiesta del día del cartonero.
Sabía del problema edilicio del poder judicial, de la falta de digitalización de mucha de la información que circula, de la cantidad de casos que se concentraban en pocos juzgados, pero nunca había visto nada así. Los 11 convocados a la audiencia invadimos literalmente ese espacio con nuestros cuerpos, nuestro aliento, nuestro vapor de calor de camperas (porque no había lugar para moverse y sacársela). Rodeamos por completo todas las posiciones de trabajo y –me apena confesarlo– hasta tiré unos cuantos expedientes con el culo que apoyé sin querer en la pared… ¿Cómo no pensar que los expedientes pueden “perderse”? ¿Y por qué no perderlos “a pedido”?
Cuando el secretario se puso a hablar con nuestro abogado supimos que esa “oficina/archivero” también era nuestra “sala de reunión”, así que simplemente tratamos de molestar lo menos posible. La charla transcurrió en un ir y venir de pruebas que daban cuenta de la distancia infinita que a veces se presenta entre el sentido común y la justicia. Nuestro abogado contestaba las preguntas del secretario que buscaba simplificar al máximo el caso para no molestar con preguntas a la jueza, y el abogado de la otra persona (que también estaba de nuestro lado) indicó también las nuevas pruebas que había sugerido aportar.
Y ahí una de las perlas de esa mañana y que demuestra que la práctica de la abogacía es casi una fórmula de aplicación de estrategias vacías: el secretario advierte que el abogado del tercero había ofrecido la confesional de un tipo… un tipo que ahora tendría 130 años. Sí, ese profesional de las leyes no sabía de quien se estaban hablando, no leyó el caso, no se fijó las fechas, y entonces otra vez el procedimiento le ganó al sentido común.
Una vez repasado el caso e identificado que no habían más pruebas para aportar, el secretario fue a buscar a la jueza que ingresó como pudo pero sin asombro a la oficina/archivero/saladereuniones, puso su criterio en lo único que quedaba pendiente, dijo buenos días y a otra cosa mariposa. Todos firmamos un papel que no leímos (para eso estaba nuestro abogado) y salimos raudamente para tomarnos un cafecito enfrente, pero especialmente para alejarnos de esas oficinas multiuso.
De lo que me imaginaba en un principio, no quedaba nada. Casi no hubieron jueces, mucho menos apretones de manos. Faltaron los espacios con asientos de madera, o mesas redondas y por supuesto nadie le prestó interés al caso. Pero también fue preocupante la falta de lugar físico, de sillas, de modales, y si no fuera porque creo que va a salir todo bien, tampoco me jugaría a decir que hay justicia por ahí.
#ChauFlaco
No tengo como práctica eso de usar este espacio para escribir reconocimientos a geniales artistas ultrareconocidos como si los hubiera tratado, con menciones exageradas a su obra y a su vida porque es lo políticamente correcto en esos casos. Sí es cierto que alguna vez escribí un saludo, ese agradecimiento anónimo de alguien que ni se sabe que existe y que, como puede hacer cualquiera, escribe en un blog.
Pero hoy es otro asunto.
Spinetta es otro asunto.
Para los músicos (y para los músicos que no hacemos música, como dicen los de CuartoElemento) Spinetta siempre es algo cercano, porque no se puede cantar Barro tal vez a la distancia, te volvés canción inevitablemente. Nadie que por aquí haya tocado alguna vez la guitarra es virgen de las canciones del flaco, y eso cuenta para varias generaciones.
Entonces vale la pena hacer esta excepción:
porque se lo merece y mucho,
porque cualquier cosa que pueda escribir nunca será una exageración,
porque de Spinetta no se puede volver,
y porque estoy llorando sola como una pelotuda,
Gracias por absolutamente todo.
El mundo y la revolución
El mundo no es un pañuelo como dicen algunos. No, no y no. Nada más alejado de la realidad del mundo que un trozo de tela básico y monótono que nos unifica. El mundo donde vivimos es más bien una especie de camperita con sus partes bien diferenciadas y en donde nos ubicamos, mejor o peor, todos sin excepción.
En la camperita/mundo están los que viven confortables del lado del corderito protegidos del frío, de la lluvia, del roce con el mundo exterior rugoso, sucio y contaminante. Ellos no tienen sobresaltos, no tienen casi deterioro, no sienten necesidades. Algunos incluso viven cómodamente en el bolsillo interno donde se aloja la chequera del mundo: según dicen los que viven allí, no hay un lugar más seguro que ese.
Pero en esta prenda también se albergan los que están por afuera del corderito. Las desventajas son evidentes porque los avatares del clima, el desgaste y la falta total de asepsia los ubica en un lugar donde no existe otra forma de vivir que no sea tomando riesgos. Sin embargo no hay que confundir: esas mismas circunstancias los hacen fuertes y predispuestos a cambiar de lugar (siempre del lado de afuera, claro) y –de paso– conocer un poco más otros lados del complejo abrigo y el universo del placard.
El problema de vivir en la camperita/mundo no lo tienen, por supuesto, los residentes cómodos de los bolsillos internos y el corderito, ni los que mal o bien van migrando del pliegue frontal al cierre, o de un hombro al otro. Ni siquiera los que recorren la espalda en esa letanía donde todo es siempre igual.
El inconveniente de que el mundo no sea un pañuelo sino una camperita, lo tienen los que están en las mangas gastadas por el trabajo cotidiano, en los cuellos transpirados a causa de la faena diaria, en los codos donde algunos se aferran desesperados a los pitucones y viven en un brutal vaivén porque siempre están a punto de caerse, o peor, de quedarse pero sin recibir el menor interés de nadie (como una costura invisible). Y esto es posible sólo hasta que los habitantes del corderito, quieran cambiar el pitucón sin pensar en sus oscilantes moradores.
En esta camperita también sufren muchísimo aquellos que saltan todo el tiempo del bolsillo desfondado y vacío del cambio chico, porque se desangran poco a poco sin alternativa, saben que el paso siguiente es el pitucón y entonces prefieren saltar a vivir zamarreados.
Pero no hay que desalentarse porque ese salto motivado desde los agujeros de los bolsillos desiertos y gastados, puede llevarlos a bucear por las profundidades y entretelas de la camperita/mundo, pasar por las mangas y pitucones sin ser vistos, hablar con los del cuello sin ser percibidos, y –cuando nadie se lo espera– hacer reversible la camperita.
Sintaxia (o la mina que no se ponía los puntos)
El otro día fue la primera vez que me pasó tan nítidamente. Eran pasadas las ocho de la mañana y como todos los días el Ruso pasó a buscar a mi media Lima para ir al trabajo. Casi siempre pasa alrededor de las ocho y veinte y hace sonar dos veces su bocina innegable: tú tú.
Pero ese día fue distinto, y fue la primera vez: vi perfectamente como el Ruso tocaba la bocina entre paréntesis. No hay forma de explicarlo mejor, yo escuché con los ojos los paréntesis que contenían ese sonido de bocina. Lo vi así: (tú tú).
Primero se lo atribuí a ese estado entre despierta y dormida, y al sonido estridente llevándome de uno hacia el otro lado sin pedirme permiso. Pero no. Luego descubrí que no se trataba de eso, porque desde aquél día me volvió a suceder varias veces en diferentes contextos y con distintas personas.
Por ejemplo, pude ver como el colectivero discutía en mayúsculas con el guarda de la estación Constitución, cansado de que le echaran culpas de retrasos cuando el tráfico era un infierno aún en verano. Y no es que gritaba, vi claramente como lo decía en mayúsculas, y en mayúsculas bien acentuadas.
En otra oportunidad, sentí como mis perros ladraban de color azul. Sé que es complejo de entender, pero ví el azul en los Guau Guau de siempre y vi también como iban perdiendo intensidad al alejarse como una paleta de pintor que recorre los tonos intermedios hasta el blanco del silencio total.
Y estas son sólo las que me animo a poner en palabras, porque tampoco es muy fácil empalabrar todo este delirio.
Es por eso que resolví ir a ver a un profesional, pero no podía decidirme entre una psicóloga o una profesora de lengua y literatura, así que fui en búsqueda de las dos.
La primera me preguntó mil cosas sobre todo: mi familia, mi media Lima, mis sentimientos, mis trabajos, mis culpas, mis sueños, mis fracasos y mis éxitos. Luego de un tiempo llegó a la conclusión que como no podía escribir lo que debía escribir, se me estaban escribiendo los sonidos y por eso me entraban por los ojos. Estuve semanas hasta que pude reconocerle que era una posibilidad, y finalmente me convencí de que era así porque cuando le dije en voz alta, “Ok, puede ser” vi perfectamente cómo lo decía en itálica.
Como en todas las patologías, especialmente las que uno no quiere tener, una vez dado el paso del reconocimiento todo fue más fácil. Tan es así que la psicóloga y yo inventamos juntas una interesante enfermedad que bautizamos Sintaxia, y hasta listamos creativos síntomas que también se cagaban en la lógica de los sentidos: pérdida de visión a largo plazo, acidez conceptual, subrayado irritable y afasia multisensorial negrita, eran mis preferidos.
Por su parte, la profesora –una mujer vieja, encorvada y casi ciega– me sugirió como tratamiento que escribiera algo que realmente quisiera, para borrar el hechizo, calmar los fantasmas de la sintaxis y que cada signo fuera encontrando su lugar poco a poco, y –de paso– fueran destapando las cañerías con sarro y cemento que dormían allí desde la última construcción. Me lo dijo como haciendo un conjuro, como expresando un mandato.
Es por eso que, en vez de mi tesis, escribo estos párrafos; como una suerte de mini-cuento desencantador y purificante, al que le hice prometerme fluidez para las sensaciones, sentidos, palabras y signos de puntuación futuros.
Recuerdos cuerdos
Hace un tiempo, en un encuentro con amigas inoxidables, una de las que más se preocupa siempre por entender los sentimientos de los demás me recordaba lo que yo le había dicho en uno de los momentos de más duro abandono. Me lo dijo como quien rememora un comentario que le causó sorpresa y con cierto dejo de admiración por la ‘valentía’.
Pero lo loco es que yo no lo recordaba así. No sólo no recordaba haberlo dicho, sino ‘pensado’, o incluso haber ‘sentido’ algo como lo que ella recordaba que había pronunciado en esos momentos. Intenté entender donde estaba el malentendido, donde estaba la pérdida del sentido original, pero ¡cómo saberlo luego de tanto tiempo!
Los recuerdos son eso. Una forma de interpretar el pasado. Lo otro son documentales, son fuentes históricas, son registros cada vez más digitalizados que no pueden archivar lo incapturable. Pero la remembranza del puro sentimiento expresado en un momento, en un contexto, en un lugar no es única.
Así es como, eventualmente, con el tiempo perdonamos a quienes nos lastimaron, y así es como nos perdonamos también a nosotros mismos cuando nos crece alguna culpa por los ‘si hubiera’ o ‘si no hubiera’ del pasado.
De alguna manera, rememorar sentimientos debe ser algo como eso: recordarlos de manera que al revivirlos podamos soportarlos.

