#ChauFlaco
No tengo como práctica eso de usar este espacio para escribir reconocimientos a geniales artistas ultrareconocidos como si los hubiera tratado, con menciones exageradas a su obra y a su vida porque es lo políticamente correcto en esos casos. Sí es cierto que alguna vez escribí un saludo, ese agradecimiento anónimo de alguien que ni se sabe que existe y que, como puede hacer cualquiera, escribe en un blog.
Pero hoy es otro asunto.
Spinetta es otro asunto.
Para los músicos (y para los músicos que no hacemos música, como dicen los de CuartoElemento) Spinetta siempre es algo cercano, porque no se puede cantar Barro tal vez a la distancia, te volvés canción inevitablemente. Nadie que por aquí haya tocado alguna vez la guitarra es virgen de las canciones del flaco, y eso cuenta para varias generaciones.
Entonces vale la pena hacer esta excepción:
porque se lo merece y mucho,
porque cualquier cosa que pueda escribir nunca será una exageración,
porque de Spinetta no se puede volver,
y porque estoy llorando sola como una pelotuda,
Gracias por absolutamente todo.
El mundo y la revolución
El mundo no es un pañuelo como dicen algunos. No, no y no. Nada más alejado de la realidad del mundo que un trozo de tela básico y monótono que nos unifica. El mundo donde vivimos es más bien una especie de camperita con sus partes bien diferenciadas y en donde nos ubicamos, mejor o peor, todos sin excepción.
En la camperita/mundo están los que viven confortables del lado del corderito protegidos del frío, de la lluvia, del roce con el mundo exterior rugoso, sucio y contaminante. Ellos no tienen sobresaltos, no tienen casi deterioro, no sienten necesidades. Algunos incluso viven cómodamente en el bolsillo interno donde se aloja la chequera del mundo: según dicen los que viven allí, no hay un lugar más seguro que ese.
Pero en esta prenda también se albergan los que están por afuera del corderito. Las desventajas son evidentes porque los avatares del clima, el desgaste y la falta total de asepsia los ubica en un lugar donde no existe otra forma de vivir que no sea tomando riesgos. Sin embargo no hay que confundir: esas mismas circunstancias los hacen fuertes y predispuestos a cambiar de lugar (siempre del lado de afuera, claro) y –de paso– conocer un poco más otros lados del complejo abrigo y el universo del placard.
El problema de vivir en la camperita/mundo no lo tienen, por supuesto, los residentes cómodos de los bolsillos internos y el corderito, ni los que mal o bien van migrando del pliegue frontal al cierre, o de un hombro al otro. Ni siquiera los que recorren la espalda en esa letanía donde todo es siempre igual.
El inconveniente de que el mundo no sea un pañuelo sino una camperita, lo tienen los que están en las mangas gastadas por el trabajo cotidiano, en los cuellos transpirados a causa de la faena diaria, en los codos donde algunos se aferran desesperados a los pitucones y viven en un brutal vaivén porque siempre están a punto de caerse, o peor, de quedarse pero sin recibir el menor interés de nadie (como una costura invisible). Y esto es posible sólo hasta que los habitantes del corderito, quieran cambiar el pitucón sin pensar en sus oscilantes moradores.
En esta camperita también sufren muchísimo aquellos que saltan todo el tiempo del bolsillo desfondado y vacío del cambio chico, porque se desangran poco a poco sin alternativa, saben que el paso siguiente es el pitucón y entonces prefieren saltar a vivir zamarreados.
Pero no hay que desalentarse porque ese salto motivado desde los agujeros de los bolsillos desiertos y gastados, puede llevarlos a bucear por las profundidades y entretelas de la camperita/mundo, pasar por las mangas y pitucones sin ser vistos, hablar con los del cuello sin ser percibidos, y –cuando nadie se lo espera– hacer reversible la camperita.
Sintaxia (o la mina que no se ponía los puntos)
El otro día fue la primera vez que me pasó tan nítidamente. Eran pasadas las ocho de la mañana y como todos los días el Ruso pasó a buscar a mi media Lima para ir al trabajo. Casi siempre pasa alrededor de las ocho y veinte y hace sonar dos veces su bocina innegable: tú tú.
Pero ese día fue distinto, y fue la primera vez: vi perfectamente como el Ruso tocaba la bocina entre paréntesis. No hay forma de explicarlo mejor, yo escuché con los ojos los paréntesis que contenían ese sonido de bocina. Lo vi así: (tú tú).
Primero se lo atribuí a ese estado entre despierta y dormida, y al sonido estridente llevándome de uno hacia el otro lado sin pedirme permiso. Pero no. Luego descubrí que no se trataba de eso, porque desde aquél día me volvió a suceder varias veces en diferentes contextos y con distintas personas.
Por ejemplo, pude ver como el colectivero discutía en mayúsculas con el guarda de la estación Constitución, cansado de que le echaran culpas de retrasos cuando el tráfico era un infierno aún en verano. Y no es que gritaba, vi claramente como lo decía en mayúsculas, y en mayúsculas bien acentuadas.
En otra oportunidad, sentí como mis perros ladraban de color azul. Sé que es complejo de entender, pero ví el azul en los Guau Guau de siempre y vi también como iban perdiendo intensidad al alejarse como una paleta de pintor que recorre los tonos intermedios hasta el blanco del silencio total.
Y estas son sólo las que me animo a poner en palabras, porque tampoco es muy fácil empalabrar todo este delirio.
Es por eso que resolví ir a ver a un profesional, pero no podía decidirme entre una psicóloga o una profesora de lengua y literatura, así que fui en búsqueda de las dos.
La primera me preguntó mil cosas sobre todo: mi familia, mi media Lima, mis sentimientos, mis trabajos, mis culpas, mis sueños, mis fracasos y mis éxitos. Luego de un tiempo llegó a la conclusión que como no podía escribir lo que debía escribir, se me estaban escribiendo los sonidos y por eso me entraban por los ojos. Estuve semanas hasta que pude reconocerle que era una posibilidad, y finalmente me convencí de que era así porque cuando le dije en voz alta, “Ok, puede ser” vi perfectamente cómo lo decía en itálica.
Como en todas las patologías, especialmente las que uno no quiere tener, una vez dado el paso del reconocimiento todo fue más fácil. Tan es así que la psicóloga y yo inventamos juntas una interesante enfermedad que bautizamos Sintaxia, y hasta listamos creativos síntomas que también se cagaban en la lógica de los sentidos: pérdida de visión a largo plazo, acidez conceptual, subrayado irritable y afasia multisensorial negrita, eran mis preferidos.
Por su parte, la profesora –una mujer vieja, encorvada y casi ciega– me sugirió como tratamiento que escribiera algo que realmente quisiera, para borrar el hechizo, calmar los fantasmas de la sintaxis y que cada signo fuera encontrando su lugar poco a poco, y –de paso– fueran destapando las cañerías con sarro y cemento que dormían allí desde la última construcción. Me lo dijo como haciendo un conjuro, como expresando un mandato.
Es por eso que, en vez de mi tesis, escribo estos párrafos; como una suerte de mini-cuento desencantador y purificante, al que le hice prometerme fluidez para las sensaciones, sentidos, palabras y signos de puntuación futuros.
Recuerdos cuerdos
Hace un tiempo, en un encuentro con amigas inoxidables, una de las que más se preocupa siempre por entender los sentimientos de los demás me recordaba lo que yo le había dicho en uno de los momentos de más duro abandono. Me lo dijo como quien rememora un comentario que le causó sorpresa y con cierto dejo de admiración por la ‘valentía’.
Pero lo loco es que yo no lo recordaba así. No sólo no recordaba haberlo dicho, sino ‘pensado’, o incluso haber ‘sentido’ algo como lo que ella recordaba que había pronunciado en esos momentos. Intenté entender donde estaba el malentendido, donde estaba la pérdida del sentido original, pero ¡cómo saberlo luego de tanto tiempo!
Los recuerdos son eso. Una forma de interpretar el pasado. Lo otro son documentales, son fuentes históricas, son registros cada vez más digitalizados que no pueden archivar lo incapturable. Pero la remembranza del puro sentimiento expresado en un momento, en un contexto, en un lugar no es única.
Así es como, eventualmente, con el tiempo perdonamos a quienes nos lastimaron, y así es como nos perdonamos también a nosotros mismos cuando nos crece alguna culpa por los ‘si hubiera’ o ‘si no hubiera’ del pasado.
De alguna manera, rememorar sentimientos debe ser algo como eso: recordarlos de manera que al revivirlos podamos soportarlos.
Apagón 18 de enero ¡Stop SOPA y PIPA!
Desde este modesto Blog, me uno al apagón de numerosos sitios en una protesta mundial contra de SOPA/PIPA. Estas últimas leyes de los Estados Unidos son poderosos ejemplos de algunos de los proyectos que en diversos países buscan establecer regulaciones que atentan contra los derechos de los ciudadanos en Internet.
SOPA y PIPA, promovidas por grandes empresas concentradoras de contenidos de las industrias culturales entre otros, destruyen las características constitutivas de la red, afectando su neutralidad en detrimento de los derechos de los ciudadanos que la construyen, al permitir la limitación de la libertad de expresión, la vigilancia, el bloqueo de sitios web y especialmente, al criminalizar el ejercicio de compartir la cultura.
Por eso, el 18 de enero, digo #StopSOPA y #StopPIPA
(Y de paso hago un asado).
Informate aquí:
http://www.solar.org.ar/spip.php?article919
Y con este video:


