Sintaxia (o la mina que no se ponía los puntos)
El otro día fue la primera vez que me pasó tan nítidamente. Eran pasadas las ocho de la mañana y como todos los días el Ruso pasó a buscar a mi media Lima para ir al trabajo. Casi siempre pasa alrededor de las ocho y veinte y hace sonar dos veces su bocina innegable: tú tú.
Pero ese día fue distinto, y fue la primera vez: vi perfectamente como el Ruso tocaba la bocina entre paréntesis. No hay forma de explicarlo mejor, yo escuché con los ojos los paréntesis que contenían ese sonido de bocina. Lo vi así: (tú tú).
Primero se lo atribuí a ese estado entre despierta y dormida, y al sonido estridente llevándome de uno hacia el otro lado sin pedirme permiso. Pero no. Luego descubrí que no se trataba de eso, porque desde aquél día me volvió a suceder varias veces en diferentes contextos y con distintas personas.
Por ejemplo, pude ver como el colectivero discutía en mayúsculas con el guarda de la estación Constitución, cansado de que le echaran culpas de retrasos cuando el tráfico era un infierno aún en verano. Y no es que gritaba, vi claramente como lo decía en mayúsculas, y en mayúsculas bien acentuadas.
En otra oportunidad, sentí como mis perros ladraban de color azul. Sé que es complejo de entender, pero ví el azul en los Guau Guau de siempre y vi también como iban perdiendo intensidad al alejarse como una paleta de pintor que recorre los tonos intermedios hasta el blanco del silencio total.
Y estas son sólo las que me animo a poner en palabras, porque tampoco es muy fácil empalabrar todo este delirio.
Es por eso que resolví ir a ver a un profesional, pero no podía decidirme entre una psicóloga o una profesora de lengua y literatura, así que fui en búsqueda de las dos.
La primera me preguntó mil cosas sobre todo: mi familia, mi media Lima, mis sentimientos, mis trabajos, mis culpas, mis sueños, mis fracasos y mis éxitos. Luego de un tiempo llegó a la conclusión que como no podía escribir lo que debía escribir, se me estaban escribiendo los sonidos y por eso me entraban por los ojos. Estuve semanas hasta que pude reconocerle que era una posibilidad, y finalmente me convencí de que era así porque cuando le dije en voz alta, “Ok, puede ser” vi perfectamente cómo lo decía en itálica.
Como en todas las patologías, especialmente las que uno no quiere tener, una vez dado el paso del reconocimiento todo fue más fácil. Tan es así que la psicóloga y yo inventamos juntas una interesante enfermedad que bautizamos Sintaxia, y hasta listamos creativos síntomas que también se cagaban en la lógica de los sentidos: pérdida de visión a largo plazo, acidez conceptual, subrayado irritable y afasia multisensorial negrita, eran mis preferidos.
Por su parte, la profesora –una mujer vieja, encorvada y casi ciega– me sugirió como tratamiento que escribiera algo que realmente quisiera, para borrar el hechizo, calmar los fantasmas de la sintaxis y que cada signo fuera encontrando su lugar poco a poco, y –de paso– fueran destapando las cañerías con sarro y cemento que dormían allí desde la última construcción. Me lo dijo como haciendo un conjuro, como expresando un mandato.
Es por eso que, en vez de mi tesis, escribo estos párrafos; como una suerte de mini-cuento desencantador y purificante, al que le hice prometerme fluidez para las sensaciones, sentidos, palabras y signos de puntuación futuros.
Recuerdos cuerdos
Hace un tiempo, en un encuentro con amigas inoxidables, una de las que más se preocupa siempre por entender los sentimientos de los demás me recordaba lo que yo le había dicho en uno de los momentos de más duro abandono. Me lo dijo como quien rememora un comentario que le causó sorpresa y con cierto dejo de admiración por la ‘valentía’.
Pero lo loco es que yo no lo recordaba así. No sólo no recordaba haberlo dicho, sino ‘pensado’, o incluso haber ‘sentido’ algo como lo que ella recordaba que había pronunciado en esos momentos. Intenté entender donde estaba el malentendido, donde estaba la pérdida del sentido original, pero ¡cómo saberlo luego de tanto tiempo!
Los recuerdos son eso. Una forma de interpretar el pasado. Lo otro son documentales, son fuentes históricas, son registros cada vez más digitalizados que no pueden archivar lo incapturable. Pero la remembranza del puro sentimiento expresado en un momento, en un contexto, en un lugar no es única.
Así es como, eventualmente, con el tiempo perdonamos a quienes nos lastimaron, y así es como nos perdonamos también a nosotros mismos cuando nos crece alguna culpa por los ‘si hubiera’ o ‘si no hubiera’ del pasado.
De alguna manera, rememorar sentimientos debe ser algo como eso: recordarlos de manera que al revivirlos podamos soportarlos.
Apagón 18 de enero ¡Stop SOPA y PIPA!
Desde este modesto Blog, me uno al apagón de numerosos sitios en una protesta mundial contra de SOPA/PIPA. Estas últimas leyes de los Estados Unidos son poderosos ejemplos de algunos de los proyectos que en diversos países buscan establecer regulaciones que atentan contra los derechos de los ciudadanos en Internet.
SOPA y PIPA, promovidas por grandes empresas concentradoras de contenidos de las industrias culturales entre otros, destruyen las características constitutivas de la red, afectando su neutralidad en detrimento de los derechos de los ciudadanos que la construyen, al permitir la limitación de la libertad de expresión, la vigilancia, el bloqueo de sitios web y especialmente, al criminalizar el ejercicio de compartir la cultura.
Por eso, el 18 de enero, digo #StopSOPA y #StopPIPA
(Y de paso hago un asado).
Informate aquí:
http://www.solar.org.ar/spip.php?article919
Y con este video:
Contra el spam telefónico
La cosa es así. A mi casa llaman por teléfono unas 5 veces por día (aproximadamente) para ofrecer cosas que no ncesito. Que realmente no necesito. No las quiero.
No quiero un plan de internet (que por otro lado es de la misma empresa que ya tengo), no quiero ningún servicio asociado a telefónica (que voy a dar de baja a la brevedad), no quiero descuentos en nada, no quiero autos (no podría pagarlos). No quiero.
Y mucho menos quiero ayudarte a perseguir a un persona de nombre parecido al titular de mi línea (que no soy yo) y que parece que debe $5 en no se que megatienda. No. Mucho menos lo último porque, por otro lado, no sólo te animan a ser un buchón que ya de por sí es terrible, (“Lo conoce, es un vecino?”) sino que a ser un buchón por intereses de otros que nada tienen que ver con vos, y buscan responsabilizarte de una deuda de un desconocido y que hasta por ahí es injusta. A mi me llegaron a decir: “Ahora entonces usted tiene que darme unos datos”. ¿Eh? No reproduzco todo lo que le dije, no por obseno, sino por largo.
Ya no es divertido no atender, y no alcanza con sólo cortar. Ahora opté, ya que me ofrecen cosas que no necesito, en ofrecer cosas que necesitamos todos: Cultura (en el más amplio de los sentidos).
Cuando descuelgo y escucho que es un call center, les pongo un audiolibro, la charla TEDx de Casciari, el audio de un poeta leyendo sus versos. Tengo una solapa en el navegador dedicada a tener a mano cultura para ofrecerle a los chabones/as alienadas en un call center, que tienen que laburar y se olvidan (no los culpo) que lo deben hacer por sus intereses y necesidades, y no por los de otros.
Una vez alguien se quedó escuchando un buen rato un pasaje de “Breve historia de casi todas las cosas” un librito de divulgación que cuenta historias sobre todo: desde la edad de la tierra hasta el ADN. Quiero pensar que se quedó en línea porque estaba interesado y disfrutando.
Porque todos necesitamos esas cosas,
así que aprovecho el tiempo que me dan y la comparto por teléfono.
Señales de río
Llegué a la estación fluvial con la certeza que ese día iba a viajar la misma cantidad de tiempo que permanecería en el paraíso. Pero hasta que no se invente la teletransportación, o me consiga un auto, no hay otra forma de llegar. Se llega tardando.
Cuarenta y cinco minutos antes de que saliera la lancha ya tenía mi pasaje en la mano. Se lo compré a Romero, un capo, o mejor dicho, un capitán. Romero está ya retirado y ahora vende los boletos, sonriendo con una cara a la que no se le nota el paso del tiempo. Él me conoce desde siempre, nos vio crecer en la isla, formar interminables ‘bandadas’ de kayaks que iban y venían y nos perdonó cientos de boletos no pagados. Romero fue la primera señal de que en ese viaje me emocionaría fuera de proporción. Cuando lo ví y lo saludé lo supe, porque necesité decir alguna pelotudés para que no se me noten los ojos brillosos.
- Y sí… -le dije con voz de pseudoindignada- Si no vengo yo, ya ni los veo. ¡No se quieren volver!
Nos reímos juntos, me cobró $28.50 y me encomendó saludar a mis viejos.
Cuarenta y cinco minutos de espera es mucho tiempo incluso cuando hay tareas que hacer. Biscochitos, unas rosquitas de hojaldre –las masas secas eran un delirio de caras– las lechugas encargadas y unas frutillas maduras que encontré en precio. Todo listo y comprado para completar el asadito con el que me esperaban.
Los últimos treinta minutos antes de que saliera la lancha de pasajeros, me entretuve mirando a la gente mientras me tomaba una Heineken de lata. Los laburantes en los muelles, los turistas brasileños, los guías de esos turistas que se esforzaban por gritarles en portugués (o algo similar) para que les dieran bola. También a las parejas, que se sacaban fotos con el río Tigre de fondo, seguros de que el olor a barro podrido, después de todo, no quedaría registrado.
En esos minutos ví la segunda señal: tres viejas octogenarias que se preparaban para subir a la Jilguero. Las tres felices, las tres naturalmente cómodas con la rampa, el agua, la vida del Tigre. Me vieron viéndolas y me sonrieron mientras le sonreía emocionada otra vez, porque supe que -si acaso en unos años pudiera- yo sería como esas viejas deseosas de celebrar la amistad en pleno paraíso terrenal (¿para qué esperar al celestial?).
Subimos puntuales a la lancha y me acomodé a pedido del capitán “bien adelante, por favor“. La lancha partió lentamente por el río Tigre, mientras yo me terminaba sorbo a sorbo la cerveza tratando de contener la emoción.
Pero no pude.
Porque cuando el puro paisaje se abrió y entramos al río Luján inmenso, despejado, y repleto de esa esencia de río marrón, no me aguanté más y lloré. Y tapada por el rugido del motor de la lancha, lloré sin hacer ruido, pero con muchísimas lágrimas.
Primero pensé que era la emoción de llegar, después me fui dando cuenta que era llanto por la boludés de no haber vuelto antes habiendo podido hacerlo mil veces. Y claro, ¡puta madre!, eso me hizo llorar aún más y moquear mis pañuelos y limpiarme los lentes. Lloré absolutamente: no se puede ocultar uno de estos llantos. Son llantos en serio, no un lagrimal desacatado por las hormonas, o una basurita molestándote en la córnea. Es toda la cara llorando.
Mientras lloraba, silenciosa pero profunda, ví a la gente a mi alrededor, y los ví viéndome. Y noté al capitán en el timón –un gordito que recuerdo laburando en la colectiva desde hace años– buscándome los ojos (llorosos, rojos, congestionados) en la imagen que le devolvían sus espejos.
La verdad es que no me importó una mierda que me vean llorar: las emociones son todas iguales de nobles, y llorar no siempre significa tristeza. Si alguien me preguntaba, le diría cualquier verdura amparada en mi novedoso anonimato, en un lugar donde alguna vez nos conocíamos todos un poco más.
Pasaron los minutos y me fui componiendo. Quería llegar bien a casa, donde me esperaban mis viejos. El viento y el sol en la cara, las salpicaduras del río, todo ayudó. Cuando me acerqué a la popa para bajar en el muelle amarillo y naranja, el capitán estaba ocupando el rol del marinero (una suerte de interfaz humana entre la lancha y los muelles, que el 99% de las veces evita que te caigas al agua).
El tipo me dijo:
-Te ví triste ahí, si es por un hombre no merece ni una lágrima tuya.
Y ese exceso, seguramente bienintencionado, de cursilería tan fuera de escala, tan lejos de lo que pensaba, tan distinto a lo que hubiera dicho yo en su lugar, me hizo sonreír y dejar un rato de lado la postura de “acá no pasó nada”.
-No, no es un hombre –le dije riendo– pero gracias. En este lugar hermoso seguro se me pasa.
(¿Cómo explicarle?)
Pero el capitán insistió:
-¿Un ser querido entonces?
-Algo así…
Después, atrapada, no se que boludés dije otra vez para cambiar de tema y que la cosa no se pusiera tan personal. No había mucho que decirle al capitán, porque algunas emociones de difíciles se hacen tan fuertes (¿o viceversa?), que –como notarán– ni escribiéndolas se pueden explicar lo suficiente.
Dí por terminado el asunto preguntando sobre el horario de las lanchas de regreso y una vez más, usé a mis viejos como excusa de conversación. Mis viejos, a quienes ya se los veía esperándome sentados, apacibles y felices, en un muelle que me recibía como si hubiera estado allí mismo el día anterior.


